Trabajar en Alternativas Pacíficas (Alpaz) conlleva escuchar a mujeres sobrevivientes de violencia de género todos los días. Los testimonios de viva voz hacen posible sentir su dolor y empatizar. Uno de los aspectos que más llama la atención sobre estos relatos es la aparición de niñas y niños. La mayoría son madres y algunas llegan a un refugio por esa misma condición: un hijo sentenció que ya no quería vivir en casa; otro empezó a agredir a su hermana de la misma manera en la que violentaban a su madre; y en otro caso la pareja agresora amenazó con violentar a las niñas y niños. En estas tres historias —como muchas más— ponerlos a salvo fue un factor determinante para impulsarlas a pedir ayuda y buscar nuevas alternativas de vida.
Sobre la problemática de violencia familiar, Nuevo León ocupa el primer lugar en el número de llamadas de emergencia por incidentes, el tercer lugar nacional en el número de presuntos delitos1 y a nivel local es el delito con mayor incidencia (51 %). Un tercio2 de las mujeres del estado han experimentado una agresión por parte de su pareja —esposo, concubino o novio— y el hogar es el segundo espacio después de la vía pública, donde se registran más hechos violentos contra mujeres.
Abordar este tema en el contexto de Nuevo León implica reconocer que es una problemática y un delito que afecta de forma desproporcionada a las mujeres: representan el 86.16 % de los delitos que se ejercen contra ellas3; son el 81 % de las víctimas; y el 84.6 % de los imputados son hombres4.
En los casos en que las víctimas son madres, es necesario visibilizar que las hijas y los hijos también se ven afectados al convivir en esos entornos. Su exposición5 puede identificarse de diferentes formas: violencia ejercida durante el periodo prenatal; intervenir en un hecho o ser víctimas en uno; participar en la agresión de manera forzada o voluntaria; ser testigo presencial; escuchar u observar los efectos de la agresión; y experimentar las consecuencias posteriores o enterarse de un incidente violento6.
Esta exposición genera efectos psicológicos, emocionales, físicos, cognitivos, sociales y de conducta7. Aunque las y los infantes no puedan conceptualizar lo que la periodista y académica estadounidense, Rachel Snyder, ha denominado como “terrorismo íntimo de pareja”8, sí padecen los efectos y pueden ver las huellas que deja en otras personas.
María9, una sobreviviente, cuenta que antes de que denunciara a su esposo y huyera del que había sido su hogar, su hijo le expresó: “Mami tú estás viva, tú caminas, tú ríes, pero yo te miro muerta por dentro”. Al pedir ayuda llegó a Alpaz10 y fue así como Pablo, a sus cinco años, vivió por más de cuatro meses en un Refugio para Víctimas de Violencia11.
ROMPER EL CICLO
Los refugios son un programa de la política pública de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. Son un espacio en el que se brinda atención multidisciplinaria temporal que facilita la protección y seguridad de las mujeres —junto con sus hijas e hijos— para recobrar su autonomía y definir su plan de vida12. Para garantizar la seguridad del espacio se debe procurar que su ubicación sea confidencial, que la estadía de las familias sea temporal y que el ingreso y egreso de las personas sea voluntario.
Un refugio cuenta con un equipo multidisciplinario y profesional que brinda servicios psicosociales, jurídicos, médicos y psicopedagógicos. Además, cada familia se aloja en una habitación privada y se cubren todas sus necesidades de alimento, vestido, calzado, medicamentos, higiene personal y esparcimiento durante su estancia.
Cuando un niño como Pablo llega al refugio, el equipo le da la bienvenida a su nueva casa y le explican —su mamá acompañada por una psicóloga— que su estancia es temporal y parte de un proceso de transformación. Para ejemplificar utilizan la metáfora de la oruga y la mariposa: con el tiempo y aprendizaje que obtendrán van a ir cambiando y serán capaces de reconocerlo y verbalizarlo.
“Llegan muy afectados, se ve más en ellos que en sus mamás. Se refleja más en sus actitudes: al principio están renuentes, tienen miedo. Les enseñamos a que tengan seguridad y que convivan con otras niñas y niños, que se sientan a gusto y con la confianza de expresar alguna idea o situación. En este proceso nos damos cuenta de que necesitan mucho amor, cariño y atención”, explica Debany Ríos Suzuki, pedagoga de un refugio.
Lo que ayuda a que su estancia sea menos difícil es la oportunidad de compartir con otras familias e identificarse con otras niñas y niños. Se realizan terapias grupales infantiles en las que tienen la posibilidad de compartir sus experiencias con las y los demás, lo cual les ayuda a reconocer que no son las únicas personas que han sufrido una situación de violencia familiar y a sentir que no están solas. En este espacio terapéutico desarrollan su capacidad de empatía y son comunes las expresiones de ánimo y cariño. A pesar de las diferentes edades y contextos en los grupos, se crean lazos afectivos y se forma una comunidad de apoyo que en ocasiones trasciende a su vida fuera del refugio.
“Cuando eres más chico no entiendes mucho lo que está pasando. Parte de lo que hacen las organizaciones como Alpaz es que te dan un sentido de comunidad. Cuando estás ahí con otras personas que también tienen hijos, desarrollas más seguridad, y eso se siente muy diferente a enfrentarlo solo”, comparte Pablo sobre su experiencia.
Las niñas y niños también reciben terapia psicológica individual dos veces a la semana. Gran parte del trabajo que se realiza consiste en ayudarles a identificar y nombrar las violencias que sufrieron o presenciaron en su hogar. En cada sesión las psicólogas los guían para que puedan expresar cómo se sentían en su dinámica familiar, cómo les trataban, cómo reaccionaban, cómo se protegían y con qué recursos contaban para hacerlo.
Además de su terapia individual, las y los menores cuentan con un acompañante emocional durante su estancia en el refugio, el cual es un peluche que cada quien escoge. “Es una herramienta que sirve para que no se sientan solos, por lo general llegan muy afectados en cuanto a la relación con su mamá y no les tienen la confianza para decirles cómo se sienten ni qué necesitan”, explica Karen Rivera Isais, psicóloga de un refugio.
En un contexto de violencia es difícil que las mujeres desarrollen una maternidad positiva13 que les permita cumplir con la responsabilidad de cuidar a las niñas y niños cuando están intentando sobrevivir física y psicológicamente14. Trabajar en su relación resulta imprescindible para su recuperación.
En el refugio, después de iniciar el acompañamiento personal de las mujeres15, se les ayuda a tomar consciencia sobre la afectación en sus hijas e hijos, y a trabajar en su rol materno. También se les explican las diferentes etapas del desarrollo, lo que les permite conocer mejor sus necesidades y cuidados que requieren.
La intervención con las madres les otorga un rol activo dentro del proceso de recuperación familiar, les permite dejar de verse como un elemento pasivo de la situación de violencia que han sufrido y recuperar la sensación de control y decisión sobre cómo dirigir su vida y cómo acompañar a sus hijas e hijos.
Todos los días se destina un espacio por las tardes para la hora familiar del refugio, donde se reúnen para convivir y jugar. El equipo de psicología aprovecha para hacer intervenciones familiares sobre temas específicos que les ayuden a relacionarse mejor entre sí y a que las mujeres implementen reglas y establezcan límites de forma sana y razonable. Las experiencias sufridas pueden contribuir a que las niñas y niños aprendan que la agresividad es eficaz ante cualquier conflicto interpersonal16, facilitando que el ciclo continúe reproduciéndose conforme crecen y que, incluso, se pueda generar más violencia.
Por esto el programa de educación para la paz del refugio es fundamental para que las niñas y niños recuperen su equilibrio emocional y desarrollen habilidades sociales específicas tales como: comunicación asertiva, negociación y mediación en un marco de relaciones sociales igualitarias, justas y democráticas. De igual manera se promueve su autonomía y afirmación personal en un entorno de convivencia pacífica.
El acompañamiento psicológico y los diferentes programas del refugio impactan de forma positiva a las infancias: “El cambio desde que inician hasta que egresan es drástico. Salen con aprendizajes, con más felicidad, seguridad y más activos. Salen muy diferentes”, afirma Ríos Suzuki.
Su estancia marca, en muchas ocasiones, el inicio de una nueva etapa en sus vidas, la cual es resultado de lo que sus mamás imaginan y establecen en su plan de vida17 que construyen en el refugio.
Pablo reconoce que lo que lo ha ayudado a salir adelante es el ejemplo de su mamá y la difícil decisión de dejar todo y empezar de nuevo: “Hay mucha admiración y orgullo por lo que hizo mi mamá. Me ayudó a ser perseverante y a apreciar todo lo que ha hecho”.
Han pasado más de 15 años desde que Pablo estuvo en el refugio, hoy tiene 22 años y está próximo a graduarse de la Universidad. Su familia sigue unida y fuerte. Como él, de enero 2018 a julio 2021, han ingresado a un refugio de Alpaz junto con su madre, 92218 niñas y niños buscando vivir libres de violencias.
“Sabemos que la violencia es una conducta aprendida y nunca es tarde para desaprenderla. No es una regla que si les tocó vivirlo, lo van a repetir. Pueden desactivar esos patrones y aprender nuevas formas de relacionarse consigo mismos y con los demás”, indica Rivera Isais. Por esto, en el refugio se les deja de nombrar como víctimas y se les reconoce como sobrevivientes, porque ya lograron romper el círculo de violencia.
(Con la colaboración de Sylvia Patricia Aguirre Zurita, Responsable de Capacitación en Alternativas Pacíficas)





