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Un vistazo al noreste escrito por mujeres: María Suárez de Alcocer

Rastrear la genealogía de la literatura escrita por mujeres en el noreste de México ha demostrado ser una tarea complicada, en especial si se considera que la exclusión de las mujeres de la memoria histórica es sistemática. “Buscar” significa enfrentarse a información fragmentada, inaccesible, contradictoria y no siempre fidedigna, que parece indicar que no hay necesidad de una historia de las mujeres porque no hay mujeres en la historia. El problema surge al considerar que las mujeres han existido desde hace un tiempo en la región —sorprendentemente, no hemos aparecido por generación espontánea— y que no se han limitado a existir y dejarse moldear por el paisaje. Una larga lista de mujeres norestenses ha tomado la pluma para apropiarse de los vientos, los climas, las montañas y las capillas del noreste; los han escrito y recreado para la posteridad.

Una de estas mujeres es María Suárez Fernández de Alcocer: escritora, poeta, compositora, pintora, doctora en letras y profesora. Hija de don Felipe Suárez, médico militar, y de doña Trinidad Fernández, nació el 7 de septiembre de 1893 en Monterrey, N. L., y vivió en Saltillo desde los tres años de edad. Formó parte de la generación de 1915 de la Escuela Normal de Coahuila. Entre 1916 y 1917 realizó estudios superiores en Boston, Massachusetts, gracias a una iniciativa del gobierno de Venustiano Carranza. Durante algunos años se desempeñó como profesora de literatura en la Escuela Normal del Estado. En 1924 estudió arte pictórico en la Academia de Pintura de Rubén Herrera. Luego, el 15 de abril de 1929, contrajo matrimonio con el abogado Arturo Alcocer en Saltillo, Coahuila, aunque existen notas periodísticas que se refieren a ella como “señora profesora” desde 1923 [1]. Más tarde se mudó a la Ciudad de México para estudiar composición en el Conservatorio Nacional de Música. Varios autores señalan que realizó estudios en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en el periodo de 1935 a 1964. De lo que sí hay constancia es que tanto su trabajo de maestría como su tesis doctoral (redactada en inglés) están alojados en el Repositorio Institucional de la UNAM con fecha de 1956 y 1964, respectivamente. Paralelo a su estancia como estudiante, y por periodos variables, se desempeñó como catedrática de diversas asignaturas en la Facultad de Filosofía y Letras y en la Escuela de Cursos Temporales de la UNAM; como maestra de secundaria en diferentes planteles de la ciudad; y asesoró a miles de graduados de la Escuela de Medicina que necesitaban mejorar su inglés para realizar su especialidad en la capital o en el extranjero. Falleció el 25 de marzo de 1985, a los 91 años, en la Ciudad de México [2] [3].

Contrario a lo que se podría intuir a partir de la exhaustividad de la biografía anterior, el archivo se ha mostrado discretamente hostil ante la recuperación de la memoria de María Suárez de Alcocer. Las revistas están fragmentadas; los libros son ediciones únicas que no se adquieren fácilmente; y las obras en las que quizá haya información sobre la autora están bajo capas y capas de burocracia, barreras de pago, no digitalizadas, en instituciones centralizadas, en redes de intranet, al otro lado de la frontera o simplemente no existen porque nadie se molestó en conservarlas. La información, cuando es posible acceder a ella, resulta en su mayoría ambigua, contradictoria o inexacta. En Páginas escogidas del Quijote [4] se afirma que la autora posee “varios libros de poesías, cuentos y artículos diversos”, sin mayor especificidad. En Once poetas de Nueva Extremadura [5] se menciona que tiene en preparación una novela y un poemario, libros que, hasta donde se sabe, nunca vieron la luz del día. Incluso hubo una disputa, que se extendió por décadas, sobre la fecha y el lugar de nacimiento de la autora. En Once poetas de Nueva Extremadura (1927) se afirma que “nació en Saltillo, Coah., el 7 de septiembre de 1899”; una nota al pie de un poema publicado en Vida Universitaria (1961) [6] la marca como “oriunda de Monterrey”; y en Crónica de la cultura en Coahuila (2000) [7] se dice que “nace posiblemente […] el 7 de septiembre de 1895”. No fue hasta el Nuevo Diccionario Biográfico de Coahuila (2005) [3] que aparecieron los datos oficiales: “nació el 7 de septiembre de 1893 en Monterrey, N. L.” Sin embargo, la credibilidad de estos últimos datos se mantuvo en duda hasta 2024, cuando los investigadores Flores e Ibarra [2] constataron la fecha y el lugar al acceder a su acta de nacimiento.

No ha sido posible confirmar ni reunir la obra completa de María Suárez de Alcocer. Hasta el momento es posible atribuirle la autoría de diecisiete obras —entre ellas poesía, manuales educativos, tesis, memorias y prosas varias—, así como mencionar sus ocasionales apariciones en la prensa periódica de la época, recopilaciones de poesía, diccionarios culturales e investigaciones académicas.

A pesar de la extensión de su producción literaria, las obras en las que María Suárez de Alcocer escribe, describe y reescribe el panorama norestense son dos: “Saltillo” (1925) y Memoria de la Escuela Normal de Coahuila (1944).

“Saltillo” (1925)

“Saltillo” es una silva —una composición poética de longitud indeterminada que alterna entre versos de once y siete sílabas, con preferencia por la rima consonante— que aparece por primera vez en la página quince de Azulejos (1925) [8], el libro debut de la autora, y reaparece en el número de mayo de 1929 de la revista estudiantil El Ateneo [9], perteneciente al bachillerato Ateneo Fuente, institución de gran valor para la educación en Coahuila.

La temática se apega al título. En las cuatro páginas que abarca el poema, la autora logra exaltar el paisaje y la arquitectura de Saltillo; caracterizar a sus habitantes; mencionar personajes relevantes; e introducir episodios de la historia nacional, como la Revolución, la Conquista y el mestizaje.

Ciudad de nobles gentes enjoyada
con diadema azulada
de montes de turquesas y zafiros

A lo largo de los versos, la autora presenta un paisaje azulado, con montañas austeras, ventosas y lo suficientemente frías para el crecimiento de pinares y otras coníferas.

Mil arroyos fecundan tus campiñas
y las alegres viñas

También manifiesta cierta fijación en la esmeralda campiña saltillense, con cosechas abundantes y numerosos ríos que alimentan las viñas (y las viñas son aquí especialmente importantes, puesto que Coahuila tiene una larga tradición vitivinícola).

En relación con la arquitectura, la autora señala la presencia de blancos y silenciosos caseríos, parroquias y capillas con torres majestuosas y soberbios campanarios. Incluso la escuela —probablemente la Escuela Normal de Coahuila, pues se refiere a esta como alma mater— hace acto de presencia como “sostén austero y fuerte” de la ciudad y sus habitantes.

Saltillo es cuna de ilustres sabios y guerreros que María Suárez nombra como dignos de vivir por siempre en la memoria: Juan Antonio de la Fuente, Manuel Acuña y Antonio García Carrillo. La historia también se entrelaza con la ciudad: se menciona que, en las calles más torcidas, todavía se espera al fantasma de Francisco de Urdiñola, aventurero vasco que, bajo órdenes de la Corona española, se convirtió en uno de los principales conquistadores del noreste mexicano [10].

Los habitantes no quedan exentos de caracterización: Saltillo tiene fama por la lealtad con la que aman sus mujeres, la fiereza con la que luchan sus hombres y la gran hospitalidad de la población general.

Memoria de la Escuela Normal de Coahuila (1944)

Estas memorias fueron escritas con ocasión de las bodas de oro (1894-1944) de la Escuela Normal de Coahuila [11], por lo que no es extraño que se haga un breve recorrido por su historia. En ciento veinticuatro páginas, la autora presenta mallas curriculares; listas de alumnos, profesores, prefectas, directivos, donantes y políticos; nombres de calles; fotografías de archivo; hojas de trabajo de maestros; desgloses de gastos; extractos del Libro de Servicios Profesionales; artículos del Congreso del Estado; y pequeñas piezas poéticas.

En el proemio (palabra elegante que equivale a “prólogo”), la autora regresa a las montañas, a la comparación con piedras preciosas, a la campiña, a los viñedos, a los arroyos y a las personas e instituciones destacadas de la región para describir a Saltillo: “ciudad afortunada en su sosiego […] circundada por montes y atalayas de zafiro ígneo […]; la campiña que las rodea, cubierta de viñedos, canta con bucólica poesía; […] irguiéndose majestuosamente como géiseres luminosos, son hombres-faros o instituciones seculares donde se abrillanta el espíritu y se burila el carácter”.

Mil ciudades de orgullo envanecidas
ven torcerse las vidas
de sus hijos que ciega la ignorancia

Pese a los diecinueve años de distancia entre ambos textos, es difícil no relacionar la descripción de la ciudad ofrecida en Memoria… con la de “Saltillo”, especialmente cuando la autora presume que no hay “nada más digno, para ornar la frente de una ciudad, que iluminarla con una guirnalda de escuelas” y que el “privilegio de poseer escuelas que son templos es gloria de Saltillo”.

Por otra parte, la autora alcanza una precisión casi matemática en la descripción del nuevo edificio de la Normal, inaugurado en 1909. Sobre este se dice:

El terreno que ocupa mide 85 metros de frente por 112 de fondo, y el edificio una extensión de 65 metros de frente por 57 de fondo, o sea una superficie de 3,705 metros cuadrados. Queda al frente de la Normal un espacio de nueve metros de ancho por ochenta y cinco de largo, destinado a jardines. […] Es de tres pisos y tiene 14 metros de altura desde la superficie del terreno a la cornisa superior y 31 a la parte más alta de la cúpula, donde se iza el asta-bandera.

Se realizó, además, un desglose del presupuesto destinado a la construcción del edificio ($350,000.00, mobiliario incluido) y de los materiales que se utilizaron.

En el texto, la Escuela Normal de Coahuila y sus escuelas anexas se presentan como el centro del desarrollo cultural e intelectual de la región. En palabras de la autora: “casi no hay intelectual o profesionista del Estado a quien este plantel no le afianzara las alas para mayores vuelos”. Este punto se reafirma con el reconocimiento de los exalumnos distinguidos. En la lista, la autora presenta breves semblanzas de generales, doctores, políticos y otros profesionistas, pero muestra especial interés en aquellos que trascendieron como profesores, profesoras y poetas.

En este apartado, por ejemplo, incluye a Victoria Garza Villarreal y presenta Álbum (1941) —una colección de obras artísticas, científicas y literarias ejecutadas por mujeres coahuilenses— como un parteaguas, un precedente “digno de ser considerado e imitado en todos sus aspectos” por otros estados de la república. La justificación que utiliza para esta propuesta es que “serviría de profundo estímulo a muchos valores callados en la quietud de la provincia”, porque María Suárez de Alcocer reconoce a Saltillo como provincia, pero una digna de imitación.

Dentro del mismo apartado de exalumnos destacados, la autora integra a su hermana Luisa Suárez de Díaz Ramos, también normalista, educadora y directora de kindergarten. Las memorias cierran con el poema “Otra vez, como emblema de fulgores…” de María Suárez de Alcocer (publicado ese mismo año en el poemario Luz y piedras preciosas) y una foto de los alumnos que recibieron su título en 1944.

Estas últimas dos pistas nos dan idea de que María Suárez de Alcocer sabe, en mayor o menor medida, que hacer memoria también significa dejar evidencia suficiente para ser recordada. No se trata únicamente de dejar registro de Saltillo y de la Escuela Normal de Coahuila, sino también de ella como individuo.

La historia del noreste, la historia de las mujeres y la historia de las mujeres del noreste están profundamente entrelazadas. Hacer memoria y recuperar la historia de las mujeres que lo habitaron, que lo hicieron suyo, es una manera de reconocer que fueron alguien, que nosotras también somos alguien, que desde hace un tiempo estamos aquí. Al nombrar, también somos nombradas.

Por último, me gustaría concluir de la misma forma que María Suárez de Alcocer:

Mano, que aun a la vela de una barca
transforma en haz de luces y fulgores;
de un volcán hecho lumbre
arranca flores;
de las tinieblas, astros tembladores,
música, de mi lívido esqueleto…


Referencias

[1] Correspondencia especial para “El Porvenir”. (15 de junio de 1923). El Porvenir

[2] Flores, E. & Ibarra, J. (2024). Las maestras poetas en el México posrevolucionario: una literatura sin historia. El caso de María Suárez de Alcocer (1941-1944). Revista Observatorio Latinoamericano y Caribeño, 8(1), 120-131.

[3] Berrueto, A. (2005). Nuevo Diccionario Biográfico de Coahuila. Gobierno del Estado de Coahuila. 

[4] Suárez, M. (1964). Páginas escogidas del Quijote. Universidad Nacional Autónoma de México.

[5] Berrueto, F. & Flores, J. (1927). Once poetas de Nueva Extremadura. Herrero Hermanos Sucesores.

[6] Suárez, M. (13 de agosto de 1961). El quinto jinete. Vida Universitaria, 11(542), 5. 

[7] González, F. (2000). Crónica de la cultura de Coahuila. Ayuntamiento de Saltillo.

[8] Suárez, M. (1925). Azulejos. Imp. y Lit. Americana Monterrey.

[9] Suárez, M. (1929). Saltillo. El Ateneo, 9(71), 22-23. 

[10] Estrada, J. (2020). La leyenda detrás de la conquista norestense. Bordeando el Monte, (67), 3-8. https://sma.gob.mx/wp-content/uploads/2021/09/Bordeando_67.pdf [11] Suárez, M. (1944). Memoria de la Escuela Normal de Coahuila. Talleres Linotipográficos Acción.

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