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La adicción al cansancio: el efecto de la hiperproductividad en los procesos creativos

Al pensar en el futuro, mis amigos y yo no podemos evitar mirar hacia el pasado con nostalgia. El tiempo parecía basto, las tardes eran largas, el día rendía para diferentes actividades y hasta había lugar para el aburrimiento. Dejando a un lado la percepción del tiempo en la infancia, que resulta naturalmente distinta a la de la adultez, parece ser que nos hemos inundado cada vez más de ciertas particularidades que nos afectan a todos. La abundancia de información, imágenes, formas y gustos, no solo nos han llevado a un mirar ansioso, cansado e insensible, sino que ha fomentado la frecuencia de experiencias débiles que tienen una obsolescencia digital inmediata. Solo es cuestión de actualizar la página para que una nueva e infinita cantidad de información se despliegue ante nuestras manos, incluso adaptada a nuestros intereses1. ”Could I interest you in everything all of the time?” 2 escribe Bo Burnham en su canción Welcome to the Internet

Como los “hombres grises” que trabajan para el Banco de Tiempo de la novela de Ende, esta sensación de agitación constante se ha encargado de propagar agobio ante la idea de aprovechar o ahorrar tiempo a toda costa. No es extraño escucharlo o vivirlo por nuestra cuenta: no tenemos tiempo, no nos alcanza el tiempo o no hacemos algo porque sería una pérdida de tiempo. Lo primero en sacrificar suelen ser las actividades que más disfrutamos o que queremos experimentar, pero como no necesariamente las consideramos indispensables para nuestro desarrollo profesional, quedan en un segundo plano; una dimensión que se va alejando hasta el olvido. El resultado, como bien lo había escrito Ende, es una vida estéril que afecta la expresión artística, la imaginación, las historias, las conexiones humanas e incluso, el dormir3. Lejos de culpar al individuo por su falta de capacidad para la imposible tarea de abarcarlo todo, primeramente, se busca hacer una reflexión sobre el sentido de culpabilidad en sí mismo.

La culpa de no hacer nada

Para el filósofo Byung Chul Han, la sociedad disciplinaria propuesta por Foucault hace medio siglo en la que las autoridades vigilan y controlan a la sociedad denunciando lo anormal o peligroso, ha quedado atrás. Ahora abunda otro tipo de vigilancia que viene desde el individuo mismo, quien se convierte en su propio verdugo al controlarse a modo de castigo y recompensa; de autocorrección. Los hospitales, psiquiátricos, cárceles y fábricas ya no son tan representativos de la época como lo son los gimnasios, oficinas, bancos y centros comerciales: “La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento. Tampoco sus habitantes se llaman ya «sujetos de obediencia», sino «sujetos de rendimiento». Estos sujetos son emprendedores de sí mismos”4. El sujeto de rendimiento es más rápido y productivo que el de obediencia porque ya no se rige bajo la prohibición y el deber, sino ante la posibilidad de lograr o hacer. Si la prohibición está asociada a la negatividad  –no poder o no deber–, ahora se le da énfasis a la característica positiva del “poder”, abriendo una cantidad ilimitada de proyectos e iniciativas. 

Las personas pasan de “tener que” –una obligación impuesta por una fuerza externa– al “poder”  –una posibilidad que nace desde la voluntad propia–, convirtiendo al sujeto en su propia máquina auto-explotadora. Just do it, Yes we can, Impossible is nothing, además de ser eslóganes que podrían resultar motivadores al invitar a la acción, son representativos de un imaginario colectivo que presiona y responsabiliza totalmente al individuo de los resultados. Por ello, no es sorpresa que la sociedad de rendimiento produzca “depresivos y fracasados”4.

Cansado y frustrado ante el “poder” sin límites, el sujeto se culpa constantemente a sí mismo de no estar a la altura. Lo peor: la motivación y el entusiasmo se convierten en herramientas de control que resultan más perversas que las anteriores, ya que persiguen nuestra actividad productora o consumidora bajo un disfraz alegre1. Resulta curioso que el resultado de una sociedad de excesiva positividad sea la ansiedad y la depresión.

Entre colegas que también se han dedicado al estudio y práctica de diferentes ramas artísticas como la literatura o el cine, hemos expresado nuestra inquietud por el tema. En ocasiones nos sentimos agobiados por la sobrecarga de trabajo y no encontramos el tiempo para crear, o bien, si lo tenemos, no nos sentimos con la energía o la motivación para hacerlo. Otras veces, en un autosabotaje masoquista, somos nosotros mismos quienes buscamos esa carga, casi en una adicción de tener algo que hacer para no sentirnos culpables por no hacer nada. Una táctica que siempre resulta fallida porque, por más trabajo que realicemos, en realidad evadimos lo que la creación artística requiere de nosotros: tiempo, concentración profunda, oportunidad para el error, contemplación, estudio, investigación y, en esta ocasión, incluiré el aburrimiento. El vacío del aburrimiento puede abrir camino a otra vida que desconocemos y que está por ser construida. Es en este tiempo de no consumo cuando se puede encontrar una respuesta diferente a la pregunta: ¿quién soy?

¿Tiempos muertos o tiempos libres?

El fotógrafo regional Patricio Maldonado lo describe bien: “Como muchos, crecí creyendo que si no estaba produciendo algo, estaba perdiendo el tiempo”6. Sin embargo, al investigar sobre el proceso creativo de otros artistas, descubrió que muchos de ellos solían tener sus mejores ideas cuando no hacían nada. Entre tantos, menciona el ejemplo de Jenny Odell, la autora de How to do nothing, quien después de tener un bloqueo creativo, optó por sentarse en su jardín sin ninguna planificación o meta. Fue gracias a esta pausa que encontró la oportunidad de algo nuevo y escribió su libro más famoso. Otros artistas comparten procesos similares y sugieren darse el tiempo para aburrirse, de lo contrario, corremos el riesgo de volvernos incapaces de estar presentes, perdiendo la posibilidad de contemplar aquello que enriquezca nuestra obra. “Cuando estoy ocupado, me vuelvo estúpido” el autor Austin Kleon cuenta que una vez escuchó estas palabras de un colega5.

La noción del tiempo acelerado desconoce la necesidad de la espera y la lentitud para el pensamiento crítico y exige un recuento para eliminar de raíz los “tiempos muertos”. Esta agitación viene desde lo empresarial, en donde los tiempos muertos se definen como periodos de inactividad que no generan valor. Como consecuencia, se disminuye la productividad, bajan las ganancias y, en una última instancia, podría llevar al fracaso de la compañía. El riesgo está cuando se implementa la misma terminología para el desarrollo personal. Por necesidad, presión o inercia, la gente busca repetir estos modelos empresariales en sí mismos para alcanzar altos niveles de productividad, generar más ingresos y recibir el reconocimiento que viene de la mano del éxito, puesto que el fracaso es inadmisible. Cada vez se vuelve más difícil cumplir con el estándar impuesto, y una vez logrado, es necesario continuar con una producción excesiva para mantenerse actualizado. 

A diferencia de la connotación negativa actual que suelen tener los periodos de inactividad, Aristóteles nos recuerda su importancia y hasta su cualidad deseable. Según el filósofo, el trabajo priva a la mente del ocio, negándole al ciudadano la oportunidad de formarse en la virtud. El ocio, o a lo que se le puede llamar hoy en día tiempo libre, se puede cultivar a través de la música, lectura, escritura o gimnasia, y es gracias a este que el ser humano se puede realizar en lo que es7

Ante esto, algunos artistas sugieren mantener varios intereses activos a la vez. Los pasatiempos más extraños o lejanos a nuestra profesión, por ejemplo, además de enriquecernos personalmente, podrían contribuir a nuestro trabajo o creación artística de las formas más inesperadas. Como no es necesario cumplir con una visión unificada, ningún interés es descartado y dedicarle el tiempo a cada uno permite la oportunidad de que después conversen entre sí, se integren o surjan nuevas ideas. Sin la fatiga ni la presión de generar provecho económico, el ocio resulta un espacio de placer y felicidad. Por lo tanto, la recuperación de los tiempos libres en una sociedad que promueve un ritmo de vida acelerado, respuestas inmediatas y ganancias tangibles, se ha convertido en un acto disruptivo. 

Lo lento es rápido

Se creía que el avance tecnológico nos iba a beneficiar de dos modos: brindándonos más tiempo y reduciendo la carga laboral. Sin embargo, no parece ser el caso de ninguno. Resulta que por más innovaciones tecnológicas, la carga de trabajo podría ser incluso mayor que la anterior, puesto que el nivel de exigencia aumenta; se requiere que los empleados adquieran nuevas habilidades a través de una carga de aprendizaje constante o que tengan varias tareas o trabajos a la vez. El impacto en la percepción del tiempo ha sido similar. Se ha mejorado la eficiencia de los procesos no para tener más tiempo libre, sino para tener más tiempo para trabajar. Ha quedado en el olvido la idea de que el incremento de tecnología nos brindaría más tiempo para invertir en nuestra calidad de vida. Al contrario, la velocidad y la expectativa de inmediatez nos abruma frecuentemente:

“No hay tiempo para nada” ni para vivir; solo para trabajar, para consumir y para vivir la precariedad y la incertidumbre de un sistema económico –el capitalismo en la era global– que ha encontrado una nueva forma para sobrevivir y expandirse: una violencia temporal que nos ata a esta Realidad y nos impide vivir4.

Ahora bien, sin intención de promover un discurso antitecnológico, la artista Jenny Odell propone un plan de acción que reivindica uno de nuestros valores más preciados: la atención. Una manera de recuperar nuestras vidas es a través de una elección activa y continua sobre cómo usamos nuestra atención en un mundo donde la tecnología está diseñada para comprarla y venderla. Por su parte, la práctica artística ejerce la atención profunda desde su conceptualización hasta su ejecución. Estos procesos creativos no se han dejado acelerar y reivindican otras posibilidades de temporalidad al trabajar desde la exploración, el detenimiento, la lentitud y la observación. Gracias a una atención contemplativa es que se han llevado a cabo los grandes logros culturales o las obras significativas, por lo que finalmente, dedicar el tiempo necesario para que un proyecto madure, termina siendo la manera más rápida de su realización. Slow is smooth, smooth is fast es una frase originada en el ámbito militar que se puede extender hacia la vida cotidiana. Debido a que se requiere un entorno en el que exista la posibilidad de una atención profunda, pero, al contrario, se promueve una atención dispersa y acelerada, queda en nosotros defender estos tiempos libres que fomentan nuestro desarrollo personal y contribuyen a la creación artística. Si la agitación por sí sola tan solo ha propiciado la repetición de las mismas tareas hacia los mismos resultados, es a través del detenimiento que podemos encontrar una verdadera oportunidad para el cambio. Detenerse no es perder el tiempo, sino que es parte del proceso, pues como bien dicen: “lo bueno toma tiempo”.


Referencias

[1] Jiménez-Donaire. (2024). Tiempo débil. Experiencias temporales y perceptivas en la era de la inmediatez tecnológica. Una aproximación desde las artes visuales [tesis de doctorado, Universidad de Sevilla]. Depósito de Investigación de la Universidad de Sevilla: https://hdl.handle.net/11441/158352

[2] Bo Burnham. (2021). Welcome to the Internet [canción]. Bo Burnham.

[3] Ende, M. (2017). Momo. Alfaguara. (Original publicado en 1972).

[4] Han, B-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.

[5] Muntadas, B. (2016). Inmediatez, capitalismo y vidas aceleradas. Chiado editorial.

[6] Kleon, A. (2012). Steal Like an Artist. Workman Publishing Company.

[7] Maldonado, P. (2025, 18 de junio). Detenerse es parte del proceso [Video]. Instagram. https://www.instagram.com/p/DLD7jilSHgf/

[8] Aristóteles (2005). Ética a Nicómaco. Alianza editorial.

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