Atravesamos una época confusa para quienes desean aprender sobre comportamiento humano y salud mental sin contar con formación especializada en el área. La disponibilidad de opciones para la población general carece de matiz alguno: estudios con una base estadística, elaborados por y para profesionales; artículos con un marco teórico repleto de tecnicismos que oscurecen la información; y hasta breves videos cuyo formato y diseño responden al propósito de captar el interés de potenciales consumidores de servicios psicológicos. Escasea la información que combine un lenguaje accesible para personas no formadas en psicología y, al mismo tiempo, mantenga profundidad y rigor. Este escenario genera un problema que tiende a agravarse en estos tiempos, pues impide la comprensión de perspectivas distintas en torno a temas que antaño gozaban de limitada popularidad, pero que hoy se han vuelto polémicos. Entre ellos se encuentra nada menos que la personalidad.
Para quienes tenemos un profundo interés en comprendernos a nosotros mismos y a los demás, estudiar la personalidad se percibe más como un llamado que como un simple interés. Subyace en ello un intento de trasladar la experiencia particular a un espacio donde pueda ser compartida y comprendida por otros; es decir, llevar lo específico a categorías generales que faciliten su comprensión. Jean Bergeret, además de médico y autor de La personalidad normal y patológica, también era botánico. Este detalle permite entender por qué, en sus orígenes, el estudio de la personalidad solía centrarse en clasificar, diferenciar y diseccionar fenómenos del funcionamiento personal e interpersonal, empleando métodos y modos de explicación muy similares a los de disciplinas con objetos de estudio completamente distintos1.
Numerosos profesionales del área de la psicología clínica, quienes insistimos en utilizar y construir modelos para abordar la personalidad con una visión dinámica y profunda, consideramos que hoy en día esta clase de comprensión se enfrenta a desviaciones significativas y, en más de un sentido, también limitantes. Uno de los factores que, tanto a mi juicio como al de muchos otros profesionales de la psicología clínica, goza de un papel e impacto protagónicos es la estandarización del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5, por sus siglas en inglés y su número de edición más reciente) como la única herramienta para el diagnóstico. Este manual, basado en la conducta, divide los trastornos de personalidad en tres grupos: A, B y C. El grupo A corresponde a trastornos caracterizados por la excentricidad; el B, a aquellos asociados con un mal control de impulsos; y el C, a los vinculados con la inhibición y la temerosidad2. Las características de cada trastorno se estudian en relación con el funcionamiento interpersonal. Aunque el DSM-5 es útil para la comunicación interdisciplinaria entre profesionales de la salud, apoyarse únicamente en su clasificación limita considerablemente la comprensión de la personalidad.
La psicología clínica psicodinámica, especialmente la escuela de las relaciones objetales, sostiene que existen diversos estilos de personalidad y que no todos constituyen un trastorno. Una figura clave en esta perspectiva es Nancy McWilliams3, quien sintetiza la cuestión mediante dos preguntas simples pero fundamentales para el diagnóstico psicoanalítico: 1) ¿qué tan “loca” está la persona? (nivel de organización de la personalidad); y 2) ¿qué tipo de locura tiene específicamente esa persona? (tipo de personalidad y carácter predominante). En una época en la que la divulgación popular de la psicología sugiere formas de “identificar signos de que su pareja es narcisista”, las dos preguntas que McWilliams propone para la orientación diagnóstica invitan a detenernos, realizar un análisis más profundo y evitar información polarizante. Se trata de un enfoque que apunta hacia dos componentes esenciales para el entendimiento psicodinámico de la personalidad: estructura y estilo. Según Otto Kernberg4, la estructura corresponde al nivel de funcionamiento, que su teoría divide en normal, neurótico, limítrofe y psicótico.
Diferenciar entre una personalidad normal y una neurótica es un asunto complejo, puesto que, desde sus inicios con Sigmund Freud, el psicoanálisis ha descrito un funcionamiento paralelo entre la cultura y los síntomas neuróticos. Sin embargo, es posible distinguir a la personalidad neurótica de la normal bajo parámetros de intensidad. Aquellos pacientes que son ubicados en una organización neurótica se caracterizan por la presencia de conflictos constantes entre lo que desean y lo que consideran aceptable; por ello, presentan una marcada tendencia a experimentar angustia y sentimientos de culpa. El conflicto subyacente en esta organización produce un esfuerzo inconsciente orientado a olvidar aquello que no concuerda con las ideas, los principios, las normas y los valores internalizados. En pocas palabras –y aprovecho para introducir una conceptualización técnica–, la estructura neurótica se caracteriza por el uso predominante de la represión como mecanismo de defensa.
Sin duda, el estudio de las estructuras limítrofes de la personalidad es el que genera mayor confusión, en especial cuando el acercamiento parte de divulgaciones populares de la psicología. Quienes hayan profundizado en la búsqueda de información en torno al tema seguramente habrán notado que resulta extremadamente difícil establecer un consenso: en sus orígenes, el término “límite” o “limítrofe” solía emplearse para designar a las psicosis no desencadenadas; hoy, en cambio, su clasificación oficial lo considera un trastorno de la personalidad. No obstante, su ubicación diagnóstica sigue debatiéndose hasta la fecha: algunos expertos afirman que debería asignársele un lugar entre las patologías del desarrollo, mientras que otros defienden que se trata de un diagnóstico mejor ubicado entre los trastornos del estado de ánimo. Y, como si no bastara con esta variabilidad, de manera relativamente reciente han aparecido propuestas que designan el Trastorno por Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C) como una variante subsindrómica del Trastorno Límite de la Personalidad (TLP)5.
Frente a esta caótica diversidad de posturas y estudios que obstaculizan la plena identificación de elementos o rasgos en común entre los pacientes limítrofes, Nancy McWilliams opta por un abordaje de la categoría limítrofe en términos estructurales, en el cual esta constituye un nivel de desarrollo psicológico que se distingue por recurrir a mecanismos de defensa más arcaicos que la represión –central en quienes se organizan como neuróticos–, como el aislamiento, la negación y la escisión. Además del uso de defensas primitivas, otro aspecto importante a considerar –según criterios de la escuela de las relaciones objetales– en una estructura limítrofe es la presencia de una identidad inestable, sin que dicho rasgo implique –y en esto se diferencia de la estructura psicótica– un riesgo latente de ruptura con la realidad.

Antes de continuar, considero que vale la pena aclarar algunos malentendidos y prejuicios que giran en torno a la organización psicótica de la personalidad, la cual suele ser malinterpretada tanto por profesionales de la salud mental como por el público en general. Noticias que informan sobre personas que sufrieron un “quiebre psicótico” suelen exhibir comportamientos extravagantes, incomprensibles desde una perspectiva normativa. Sin embargo, con el paso del tiempo, el psicoanálisis ha evidenciado que existen personas con una organización psicótica que no manifiestan conductas popularmente asociadas a la psicosis. Percibir o construir una realidad distinta a la del resto no excluye la integración social ni la participación activa en la vida comunitaria: artistas, filósofos y hasta ciudadanos comunes pueden ubicarse dentro de la estructura psicótica y ser completamente ajenos a comportamientos extravagantes.
Debido a la cercanía fonológica entre los términos “psicótico” y “psicópata”, no es raro encontrar personas que los confundan. Sin embargo, la psicopatía es un fenómeno muy distinto. De hecho, ni siquiera constituye, por sí misma, una estructura de personalidad, sino un extremo dentro del espectro sociopático, cuya clasificación corresponde a un estilo de personalidad. Pero, ¿en qué consiste esta categoría y qué mide? Si la estructura u organización se determina con base en la intensidad –recordemos la pregunta de McWilliams: “¿qué tan loco estás?”–, el estilo de personalidad corresponde al color, la tonalidad y el modo de ser de cada individuo. Esta forma de evaluar el perfil de los pacientes contradice la conversación popular y la narrativa mediática, que con frecuencia centran su atención en trastornos depresivos, trastornos de ansiedad y trastornos de la personalidad. La premisa de McWilliams reconoce el estilo de personalidad, sea o no patológico.
Para aclarar este punto, tomemos como ejemplo la depresión: es muy distinto abordar su expresión patológica, es decir, un trastorno depresivo –asociado con pérdida de interés, tristeza persistente y cambios de apetito, entre otros síntomas–, que hacerlo desde su acepción descriptiva. En este último caso, nos referimos a la personalidad depresiva, que engloba emociones, maneras de afrontar conflictos interpersonales e intrapersonales, autopercepción y motivaciones subyacentes.
Un dato que probablemente sorprenderá a muchos lectores –en buena medida debido a un conjunto de distorsiones que recientemente se han generalizado– es que las personalidades narcisistas son propensas a episodios depresivos. La percepción común que atribuye un perfil inherentemente maligno a esta configuración de la personalidad ignora el origen mismo del término: en el mito de Narciso, lejos de describirse tácticas de manipulación, subyace una tonalidad trágica. Después de todo, Narciso muere debido a la obsesión que mantiene con su reflejo; su problema gira en torno a la incapacidad de conectarse con otros, no a conductas psicopáticas. Por supuesto, esta reflexión no descarta que algunas personalidades narcisistas sí exhiban crueldad manifiesta. Kernberg5 utiliza el término “narcisista maligno” para describir un estilo intermedio entre el narcisista ensimismado y el sociópata. Sin embargo, generalizar esta categoría para describir a todas las personas difíciles resulta incorrecto. Estudios muestran que la mayoría de quienes ejercen violencia doméstica no presentan una personalidad narcisista. Este hecho invita a cuestionar los discursos que equiparan narcisismo con maldad y a considerar las emociones predominantes detrás de cada estilo.
Algunos estilos de personalidad que poseen dificultades cuentan, asimismo, con herramientas que pueden convertirse en ventajas. Quienes presentan una personalidad esquizoide pueden mostrarse aislados e inaccesibles, pero a menudo cuentan con una sensibilidad especial y una capacidad para apreciar detalles que otros pasan por alto. Personas con esta estructura pueden destacar en el ámbito artístico, humorístico o en la realización de descubrimientos que beneficien a su entorno. Las personalidades paranoides, por su atención al detalle y su tendencia a anticipar riesgos, pueden convertirse en excelentes investigadores o activistas. Las personalidades histriónicas, con su teatralidad y expresividad emocional, pueden desarrollar habilidades sociales sobresalientes, convirtiéndose en individuos carismáticos y agradables. Incluso el llamado “sadismo funcional” en cirujanos, que les permite realizar procedimientos complejos sin colapsar emocionalmente, es un fenómeno ampliamente comentado entre psicoanalistas.
El DSM-5 y el discurso popular suelen concebir la personalidad como un conjunto de categorías discretas y excluyentes. Por ejemplo, el Trastorno Esquizoide de la Personalidad (TEP) y el Trastorno de la Personalidad por Evitación (TPE) se consideran mutuamente excluyentes, mientras que McWilliams los ubica como parte de un espectro continuo: la personalidad evitativa desea la interacción social, a pesar de evadirla, y puede evolucionar hacia el aislamiento esquizoide como forma de autopreservación. De manera similar, existen campañas de concientización sobre el Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) que buscan diferenciarlo del Trastorno Narcisista de la Personalidad (TNP); sin embargo, esta separación, ejecutada con gran radicalidad, pasa por alto el hecho de que las personalidades narcisistas tienden a presentar una estructura limítrofe.
El concepto de personalidad siempre ha sido un asunto controvertido entre los miembros de la comunidad científica, y más de un malentendido se ha reforzado al pasar a formar parte del vocabulario popular. Cada quien tiene la libertad de explorar la diversidad de teorías existentes, así como de estudiar y divulgar aquellas con las que muestre afinidad. No obstante, en un mundo que premia el hermetismo y el aislamiento, quizá la verdadera libertad radique en comprender aquellas perspectivas con las que no coincidimos.
Referencias
1 Jean, B. (2005). La personalidad normal y patológica. Barcelona: Editorial Gedisa.
2 Asociación Americana de Psiquiatría (2023). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales: Texto revisado DSM-5-TR (5.ª ed.). Editorial Médica Panamericana. ISBN 9788411060721.
3 McWilliams, N. (2025). El diagnóstico psicoanalítico. Comprender la estructura de la personalidad en el proceso clínico (R. A. Díez Aragón, Trad.). Desclée de Brouwer. ISBN 9788433032973.
4 Kernberg, O. F. (1993). Severe Personality Disorders: Psychotherapeutic Strategies (Revised ed., paperback). Yale University Press.
5 Kernberg, O. F. (2005). Borderline Conditions and Pathological Narcissism (Expanded ed.). Jason Aronson Inc.
6 Teva, I., Marín-Morales, A., Bueso-Izquierdo, N., Pérez-García, M., Hidalgo-Ruzzante, N. (2023). Personality characteristics in specialist and generalist intimate partner violence perpetrators. Clinical Psychology & Psychotherapy, 30(1), 86–96. https://doi.org/10.1002/cpp.2778





