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Nebulosa de Orión. Fotografía: NASA

Nuestra morada cósmica: el sistema del que formamos parte

Hemos levantado la mirada y admirado el universo desde tiempos inmemoriales; hemos puesto arriba nombres y apellidos, mitos y leyendas; nos hemos asombrado de sus misterios y dedicado vidas enteras a responder las preguntas más extensas de nuestra existencia. Sin embargo, pocas veces nos hemos detenido a pensarlo no como algo ajeno, sino como algo íntimamente nuestro. A menudo, hablamos del universo casi de manera abstracta, pero si en algo han convergido miles de años de evolución cultural y científica es en reconocer que este universo es, también, nuestra morada cósmica.

Nuestra morada cósmica tiene calle , número y colonia. Somos el tercer planeta del Sistema Solar, ubicados en el Espolón de Orión, una estructura menor situada entre los brazos de Sagitario y Perseo, dentro de la galaxia conocida como Vía Láctea, que a su vez forma parte de una pequeña vecindad de galaxias conocida como el Grupo Local, integrada dentro del supercúmulo llamado Laniakea. Dicho así , parece sencillo, pero imaginarlo es abrir la puerta a una crisis existencial. Nuestro Sol comparte esa calle con entre mil y 5 mil millones de estrellas. Mientras tanto, dichas estrellas conviven en una galaxia poblada por entre 100 y 400 mil millones más. Y todo ese vecindario estelar es apenas una de entre las 100 mil galaxias que conforman nuestro siguiente entorno cósmico, aproximadamente. En esa escala, nuestra historia entera ocupa menos que un grano de arena y sucede en menos que un suspiro. 

Sin embargo, en ese suspiro, cuando éramos como niños, hicimos del cielo nuestro primer reloj, mapa y calendario. Sobre sus paredes dibujamos nuestra historia y nuestros pensamientos, aparentemente inmutables, y dimos pie al nacimiento de las constelaciones. Más tarde, en la adolescencia, fuimos asaltados por algunas preguntas, a veces incómodas, pero siempre reveladoras sobre nuestra existencia: no solo es efímera, sino humilde también. Descubrimos, en uno de los momentos más revolucionarios de nuestra historia intelectual, que la Tierra no ocupaba el centro de todo, sino que era tan solo un planeta más girando alrededor de una estrella que a duras penas supera lo común y que, además, el universo no obedecía los caprichos atribuidos por nuestras ideas de perfección. Nos sentimos traicionados, expulsados de casa; la oscuridad nos abatió durante noches. Sin embargo, una mañana crecimos y comprendimos que, lejos de ser menos, seguíamos habitando el mismo hogar, pero este se revelaba mucho más vasto y más fantástico de lo que hasta entonces imaginábamos.

Hoy sabemos que nuestra morada cósmica cuenta con alrededor de 14 mil millones de años y, además, se trata de una estructura en constante expansión. Sucede que las galaxias no solo se alejan unas de otras; tampoco se limita a las paredes de nuestra casa cósmica: ¡es el propio espacio entre ellas el que crece! Esta expansión fue descubierta hace poco más de un siglo. No obstante, su aceleración es un hallazgo sorprendentemente reciente: sucedió en las últimas décadas¹.

El porqué y el cómo de este crecimiento continúan ubicándose entre las grandes incógnitas de nuestro tiempo. Las observaciones indican que aproximadamente el 70 % del contenido del universo está asociado a un fenómeno misterioso que impulsa su expansión acelerada²: la “energía oscura”, componente invisible que no forma estrellas ni galaxias, pero tiene la capacidad de determinar el destino de toda nuestra morada cósmica. Sabemos que está ahí debido a sus efectos, aunque su naturaleza fundamental es, a la fecha, un misterio. Esta aceleración no es un mero detalle: puede definir el destino del universo. Dependiendo de la naturaleza de la energía oscura, nuestra morada cósmica podría expandirse eternamente, diluyendo galaxias y estrellas hasta dejar un cosmos frío y silencioso, o seguir caminos aún más extraños que apenas comenzamos a imaginar. En ese sentido, incluso con toda nuestra tecnología y conocimiento acumulado, seguimos siendo habitantes de una casa cuyos planos completos todavía no comprendemos.

Como ocurre en la mayoría de las casas antiguas, hay estancias enteras que sólo se conocen por las huellas que han dejado. Por ejemplo, alrededor del 25 % restante corresponde a uno de nuestros grandes problemas cósmicos sin resolver: la materia oscura, un tipo de tabiques fundamentales e invisibles de los cimientos de nuestra casa que no hemos logrado ver porque, hasta donde sabemos, no emiten ni reaccionan con la luz. Sospechamos que se encuentran ahí debido a sus efectos gravitacionales, como el que ejerce en las galaxias: huellas en la arquitectura de nuestra casa cósmica. El contenido restante del universo es la materia que conocemos mejor, de la cual están hechas las estrellas, los planetas, océanos y nosotros mismos. Irónicamente, la llamamos “materia ordinaria”, aunque en realidad, a gran escala, nuestro tipo de materia es aproximadamente solo el 5 % de lo que habita el universo, por lo que no es propiamente ordinaria. 

Como en toda casa, hubo una piedra angular, un momento fundacional, y nuestro universo no fue la excepción. A ese instante lo llamamos Big Bang. Su nombre –grandilocuente y casi teatral– exige aplausos, trompetas y la parafernalia de inicio. Y, en cierto sentido, lo merece, pues no sólo fue una gran explosión, sino el origen mismo del espacio y el tiempo: el instante cero de nuestra morada cósmica. Fue ahí donde se establecieron las reglas del juego que iban a gobernar la casa durante los siguientes miles de millones de años: las proporciones de materia y energía, las fuerzas fundamentales que estructuran la realidad y las semillas de todo lo que vendría después. Desde ese primer momento, el universo comenzó a expandirse, enfriarse y complejizarse. Las primeras partículas, los tabiques fundamentales de nuestros cimientos, se combinaron para formar átomos y estos se agruparon en nubes; las nubes colapsaron en estrellas, y en el interior de esas estrellas se forjaron los elementos que hoy componen lo que conocemos: planetas, océanos, montañas y, eventualmente, a quienes hoy intentamos reconstruir su historia. En este sentido, somos –literalmente– polvo de estrellas. El carbono de nuestros huesos, el oxígeno que respiramos y el hierro de nuestra sangre se fabricaron en el corazón de estrellas que murieron mucho antes de que existiera nuestro planeta, la Tierra.

De modo que habitar este cosmos no sólo implica una participación respecto a lo inconmensurablemente grande, sino también de lo infinitamente pequeño. Después de todo, nuestra morada cósmica no sólo es vasta hacia afuera, sino también hacia adentro. Si aumentamos nuestra capacidad de observar y la vertemos en dirección opuesta –hacia lo más pequeño, lo cuántico– encontramos otro universo igual de sorprendente y fascinante: el microcosmos de las partículas fundamentales, los tabiques de los que estamos hechos. Cada átomo que forma nuestro cuerpo es, en sí mismo, un pequeño sistema dinámico gobernado por leyes profundas y elegantes, un núcleo diminuto rodeado por electrones, partículas aún más elementales unidas por fuerzas invisibles, reales y medibles. Son campos que vibran incluso en el aparente vacío. Estas partículas fundamentales son los habitantes más pequeños de nuestra casa cósmica. Con apenas un puñado de ellas –quarks, electrones y neutrinos– se constituye toda la diversidad material que conocemos. Montañas y pensamientos, galaxias y recuerdos, ciudades y culturas emergen de las combinaciones de estas entidades diminutas.

Galaxias vecinas. Fotografía: NASA

Estas entidades diminutas no son un mero producto de nuestra imaginación: las hemos medido. En nuestra reciente etapa científica, hemos construido desde grandes aceleradores de partículas y laboratorios subterráneos, hasta observatorios espaciales y detectores instalados en montañas; como humanidad, aprendimos a escuchar al microcosmos para conocerlo. En lugares como el CERN³ recreamos condiciones extremas para estudiar las partículas que constituyen la materia, y en observatorios como HAWC, en México⁴, detectamos partículas producidas fuera de la Tierra, mensajeras de los procesos más energéticos del universo. Nuestros laboratorios se extienden desde el subsuelo hasta el espacio y, sin embargo, el microcosmos no se limita a detalles técnicos reservados para los laboratorios: es la base material de toda la experiencia humana.

Continuemos con la analogía empleada a lo largo de este artículo: desde luego, la casa en la que habitamos requiere una estructura firme para mantenerse en pie. Esta estructura la conforman las fuerzas fundamentales de la gravedad, las cuales organizan galaxias y mantienen unidos los planetas; el electromagnetismo permite la química y, con ella, la vida; y las interacciones nucleares sostienen el núcleo atómico y el brillo de las estrellas. Es decir, nada en este universo se encuentra realmente aislado. Siempre hallaremos una relación, interacción o un equilibrio dinámico. Si estas fuerzas forman parte de una estructura aún más fundamental, es una cuestión que ha robado el sueño a varias de las grandes mentes de la historia. Al día de hoy, la pregunta sigue abierta.

Formar parte de este cosmos implica participar, de un modo u otro, en su red de conexiones. Una red que va desde lo infinitamente pequeño hasta lo inconmensurable –desde el micro hasta el macrocosmos–, hogar vasto cuya inmensidad reserva un espacio para el planeta que habitamos: la tercera habitación del Sistema Solar. Un planeta singular, mas no porque sea el centro del Sistema Solar y mucho menos de la galaxia, sino porque lo es todo para nosotros⁵. Hasta donde sabemos, es el único sitio en donde la materia aprendió a elaborar preguntas acerca de su origen y destino. Y en las respuestas revelamos que la visión del cosmos como hogar viene acompañada inevitablemente de una dimensión ética.

Si pertenecemos al universo, y si en verdad somos una expresión consciente de su evolución, entonces cuidar nuestro pequeño rincón no se trata de un acto trivial, sino de una auténtica responsabilidad cósmica. No somos visitantes temporales de un mundo ajeno; somos parte integral de una historia que inició hace miles de millones de años y hoy continúa a través de nosotros.

Otros relatos explorarán los microcosmos humanos: ciudades, comunidades, culturas, territorios. Todos ellos son formas legítimas de habitar el mundo, pero ninguno existe fuera del marco que los contiene. El cosmos es la morada común que hace posible al resto de los hogares. Reconocerlo no nos aleja de lo humano; nos ancla a ello, así como a nuestra realidad.

Tal vez habitar el cosmos no signifique alcanzar la comprensión de cada una de sus leyes, sino aceptar que pertenecemos a algo más grande y antiguo que cualquier otra cosa. Que cada átomo de nuestro cuerpo guarda un eco de los primeros instantes del universo. Y que levantar la vista al cielo ha sido, en realidad, una forma de mirarnos a nosotros mismos.

El cosmos no se encuentra allá afuera, frío e inmutable. El cosmos es aquí y ahora. Es una parte íntima de nuestra historia y nuestro destino. Nos rodea, nos atraviesa y nos recuerda cada noche que quizá estamos, y siempre hemos estado, en casa: en nuestra morada cósmica.


Referencias

1 Nobel Prize. (2011). The Accelerating Universe (Nobel lectures in physics). Nobel Foundation. https://www.nobelprize.org/uploads/2018/06/advanced-physicsprize2011.pdf

2 Planck Collaboration. (2020). Planck 2018 results. VI. Cosmological parameters. Astronomy & Astrophysics, 641, A6. https://doi.org/10.1051/0004-6361/201833910

3 European Organization for Nuclear Research. (n.d.). Particle physics at CERN. https://home.cern/

4 HAWC Collaboration. (2025). The first 10 years of the HAWC gamma-ray observatory: Science results. Revista Mexicana de Astronomía y Astrofísica, 61(3), 261–299. https://doi.org/10.22201/ia.01851101p.2025.61.03.13

5 Sagan, C. (1980). Cosmos. Random House.

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