Crear un producto exitoso, ser parte del equipo más exitoso de la liga, buscar el éxito laboral, querer una vida exitosa… Asociamos el éxito con diversos sucesos de nuestra vida, como ganar una competencia o aprobar un examen. También lo usamos para evaluar a personas, productos y a nosotros mismos. Basta un vistazo rápido en redes sociales o por las avenidas de nuestras ciudades para darnos una idea de su importancia y de las muchas formas en que se nos invita a alcanzarlo: publicidad que nos ofrece productos para distinguirnos de los demás; creadores de contenido con consejos y cursos exclusivos para ganadores; pódcasts con guías para liberar todo nuestro potencial dormido; conferencias que nos ayudan a descubrir, previo pago de una cuota, que el verdadero éxito siempre estuvo en nuestro interior. Al parecer, el éxito es una preocupación de la cual no podemos escapar en nuestras sociedades contemporáneas.
Sin embargo, aun cuando veamos con desconfianza las metas que ofrece el mercado –y los logros de nuestro vecino con desinterés–, la pregunta por el éxito persiste. Este se presenta como un fenómeno relevante porque está ligado a cosas que valoramos para nuestra vida. Pensemos en aquellas metas que nos resultan significativas, ligadas a nuestra identidad, y que demandan esfuerzo y dedicación: el trabajo, las relaciones interpersonales o los hobbies. Nos planteamos distintos objetivos y, típicamente, cuando estos se cumplen, nuestras vidas son mejores. Pero, ¿qué es el éxito y qué lugar tiene en nuestras vidas y sociedades?
Una vida llena de logros
Consideremos el siguiente escenario: Carlos es un arquero que lleva varios años preparándose para ganar la medalla de oro en el torneo estatal de tiro con arco. Sin embargo, en la ronda final de la competencia, no logra acertar en la diana y termina en tercer lugar. A pesar de que ese resultado le permite avanzar a la olimpiada nacional, Carlos siente que ha fallado; o, peor aún, siente que ha fracasado. ¿Qué podemos decir ante esto?
Una primera forma de aproximarnos al éxito es entenderlo como la satisfacción de una meta. Es decir, alcanzar un determinado objetivo. En ese sentido, fallar y fracasar serían un tanto equiparables, puesto que al fallar su tiro, Carlos fracasó en la meta que se propuso: acertar con la flecha en la diana. Lo anterior permite plantear dos cuestiones. Primero, ¿cualquier meta cumplida me acerca al éxito? Esto implicaría que realizar la actividad en cuestión –compleja o simple– garantiza el éxito. Segundo, cuando Carlos se juzga a sí mismo o a su proyecto deportivo como un fracaso, da la impresión de intentar afirmar algo más fuerte sobre su persona, algo que no se expresa sólo con fallar en cumplir un objetivo.
Cuando imaginamos vidas exitosas, podemos pensarlas cumpliendo distintas metas: una artista que crea una pintura sobresaliente, un científico que genera un avance significativo para su disciplina o una empresaria que desarrolla un producto que rompe récord de ventas. De entrada, dichas metas parecen compartir la característica de contar con un carácter excepcional. Si bien podemos usar la palabra “éxito” para referirnos al hecho de cumplir una meta, sería un tanto extraño afirmar que cualquier tipo de acción te convierte en una persona exitosa. Para entender esto, imaginemos a una persona que llena su vida con pequeñas metas cumplidas, sin importar lo extrañas que parezcan. Por ejemplo, contar del 1 al 100 todos los días. ¿Podríamos afirmar que su vida es exitosa si cumple dichas metas? Pareciera que el éxito demanda cierto grado de dificultad que lo distingue de acciones mundanas.
Ahora bien, alcanzar objetivos difíciles tampoco parece ser suficiente para ser exitoso. Alguien que gana la lotería, por más difícil que sea conseguir el premio, no suele entrar en nuestra idea de persona exitosa. “¿Y qué ha hecho para llamarse exitoso, además de comprar el boleto?”, nos preguntamos. Adicional a la dificultad, el éxito parece requerir cierto grado de agencia: no sólo se trata de cumplir metas, sino también de involucrarse en su realización. Esta idea descarta escenarios en los que el agente exitoso alcanza sus objetivos sin participar directamente en la actividad, como en el caso de una persona cuyo deseo es que su equipo gane el campeonato1,2. Aunque como aficionados solemos decir que “ganamos” junto con nuestro equipo, en el fondo sería extraño adjudicarse el triunfo desde la comodidad del sofá. De esta manera, al delimitar el tipo de actividades que calificarían como exitosas, nos acercamos al fenómeno de los logros.
En décadas recientes, la literatura filosófica ha mostrado un creciente interés por estudiar los logros, su naturaleza y su valor. La perspectiva más detallada señala que los logros se constituyen de dos partes: un proceso difícil realizado de forma competente y el producto de dicho proceso3. Es decir, logramos algo cuando realizamos una actividad difícil que genera un producto de forma no accidental, como en el caso de un empresario que abre una nueva sucursal de su negocio. Además, existen logros en los que proceso y producto son la misma cosa3; por ejemplo, escalar una montaña. Así, esta perspectiva filosófica del logro nos permite entender tanto el éxito de un artista plástico como el de un corredor que completa su primer medio maratón.
Sin embargo, podríamos objetar que existen personas exitosas que alcanzaron la cima por mera suerte o con actividades que no demandan gran dificultad. Volviendo al caso de Carlos, también podría argumentarse que la competencia donde falló su tiro es parte de un proceso mucho más largo, por lo que hablar de “fracaso” es un tanto prematuro. Todas estas son objeciones dignas de reflexión filosófica. Asimismo, podemos llevar más lejos nuestras ideas sobre el éxito e imaginar que Carlos es un arquero disciplinado y poseedor de un gran talento, pero sin interés alguno en perseguir esa vida que le aseguraría un gran número de logros deportivos. Incluso podríamos imaginar que, pese al esfuerzo invertido, Carlos no siente ningún tipo de satisfacción al tirar una flecha, sin importar que cada vez que lo hace acierta en la diana. Ante esto, podríamos preguntarnos si basta alcanzar metas difíciles de forma competente para hablar de éxito o si el agente necesita establecer algún tipo de relación con el proyecto.
La actitud que tiene un agente frente a ciertas metas parece ser relevante para distinguir los logros importantes en su vida1. De esta manera, si bien podemos ganar un torneo de futbol de la liga dominical, parece que reservamos el éxito para otro tipo de proyectos de gran importancia. Es posible entender esta idea con lo que Bernard Williams4 denomina deseos categóricos: aquellos que nos dan razones para vivir y que se realizan a través de proyectos que nos son significativos. Así, los logros que queremos para nuestra vida, como ser un buen mecánico, profundizar en la obra de un poeta o perfeccionar nuestra definición frente a la portería, suelen ser aquellos que nos proporcionan sentido.
Lo anterior nos lleva a la continua pregunta filosófica por la vida buena y la relación entre el éxito y el bienestar. En filosofía, la pregunta por el bienestar es una pregunta sobre lo que hace que una vida vaya bien para quien la vive5 y los logros parecen ser uno de los bienes que mejoran nuestras vidas6*. Esto es bastante intuitivo: lograr cosas importantes hace que nuestra vida vaya mejor, lo cual nos daría razones para desear el éxito. Aun cuando alguien se muestre indiferente al éxito, parece difícil que, siendo las demás cosas iguales, desee fracasar en todas las metas y proyectos que se propone o que ese fracaso le sea indiferente.
Sin embargo, podemos pensar en contraejemplos interesantes. Alguien podría argumentar que el éxito no siempre mejora su vida, como cuando se sacrifican otros bienes valiosos, como la salud o la familia, por perseguir el éxito profesional. Otra objeción podría centrarse en el problema de la desconexión con las actividades propias del éxito. ¿Qué pasa si los logros que organizan nuestra vida no nos producen placer? ¿Podemos afirmar que hacen que nuestra vida vaya mejor? Como podemos ver, el éxito nos lleva a cuestionar la relación entre los logros y la mejor vida que uno puede vivir. Esta es una pregunta que cobra relevancia en un mundo que nos divide cada vez más entre ganadores y perdedores.
El mundo de los ganadores
En una entrevista a Jeremy Irons, Larry King7 pregunta al actor británico por sus motivos para negarse a ser investido como caballero. Además de no querer ser asociado con la realeza y señalar que aceptar la investidura iría en contra de las razones por las que se convirtió en actor, su negativa se centra en un problema de reconocimiento. Para Irons, este tipo de honores deberían otorgarse a quienes realmente los merecen. Si bien sus colegas reciben una buena compensación por su actividad, otro tipo de actividades merecen mayores honores. Frente a esto, nuestra intuición nos dice que el éxito conlleva un problema relacionado con la justicia: muchas personas logran cosas increíbles pero no reciben el reconocimiento que merecen, mientras que otras reciben más reconocimiento del que deben o necesitan.
Desde una perspectiva social, los parámetros del éxito suelen fijarse en aquello que una sociedad señala como exitoso, y los sujetos exitosos como aquellos que poseen los rasgos socialmente relevantes para ser reconocidos por ello8, 9. En otras palabras, hablamos de éxito cuando individuos, grupos, productos o acciones son socialmente reconocidos. En el caso de Carlos, será exitoso siempre y cuando sus logros sean recompensados a través de medallas, entrevistas o likes. Esta perspectiva social del éxito desplaza la definición hacia la mirada de la sociedad, dejando de lado los intereses o deseos del individuo. Así, Carlos sería menos exitoso –o no lo sería– en comparación con otro deportista que practique un deporte mucho más popular, aunque muestre una mayor destreza o un mayor interés por el tiro con arco. Bajo este enfoque, poco parece importar que el individuo alcance sus metas y se vea a sí mismo como exitoso si son otros los logros que valora la sociedad.
Al reflexionar sobre la manera en que juzgamos los distintos logros en una sociedad, nos preguntamos por el valor que damos a las vidas exitosas y a los sujetos que las viven. Si bien es difícil juzgar la importancia de una actividad, diferentes cambios en el contexto social pueden llevarnos a pensar acerca del valor de nuestras contribuciones a la sociedad, como sucedió durante la pandemia con los llamados trabajadores esenciales. La cuarentena nos llevó a preguntarnos por la importancia que tienen actividades que mantienen y enriquecen la vida, muchas de las cuales no reciben recompensas proporcionales a la cantidad de esfuerzo que invierten quienes las realizan o a las dificultades y peligros que conllevan. Estas recompensas pueden traducirse en forma de compensaciones económicas, pero también mediante otro tipo de honores, como una fotografía del empleado del mes o a través de la visibilidad en los medios. Esta falta de reconocimiento en actividades esenciales, que no siempre se consideran “exitosas”, nos lleva a la siguiente pregunta: ¿quién, y en función de qué, merece dichas recompensas?
La narrativa meritocrática tradicional nos dice que las personas exitosas son aquellas que han logrado ascender a la cima mediante su esfuerzo. Para Carlos, esto se traduciría en una historia de éxito llena de sacrificios, en la que supera una posición original adversa para llegar a lo más alto. En ese sentido, las recompensas del éxito son justas porque premian a un individuo que supera su situación inicial a través de esfuerzo y determinación. Esta narrativa meritocrática ha caminado de la mano con el desarrollo del capitalismo y es muy popular en sociedades como la estadounidense, donde ideas culturales como el American Dream y el Self-Made Man presentan una imagen del éxito al alcance de cualquiera que tenga el carácter y la voluntad necesarios10, 11, 12. Además de los desafíos empíricos a los que se enfrenta esta narrativa –por ejemplo, frente a la evidencia de la poca movilidad social en México, donde sólo el 2 % de las personas que provienen del quintil más bajo de recursos económicos acceden al más alto13–, la meritocracia conlleva problemas de orden político y ético. Pensar el éxito como un logro exclusivo del individuo, producto de su carácter y voluntad, crea una pesada carga sobre nuestras sociedades, al plantear el fracaso como la condena que merecen quienes no se han esforzado lo suficiente. Esta visión resulta corrosiva para nuestra idea del bien común, al dividir a las personas y sus contribuciones a la sociedad en ganadores y perdedores14. Además, ¿qué tan fácil es alcanzar el éxito en una cima que se vuelve cada vez más exclusiva? En sociedades desiguales, donde pocos individuos se llevan recompensas cada vez más grandes y el acceso a estas es más limitado15, el éxito de unos pocos parece implicar el fracaso de muchos. De esta manera, sea porque mi contribución a la sociedad no es reconocida o porque no puedo acceder a aquellas actividades que reciben admiración, el éxito emite un juicio severo sobre mi vida y sus proyectos fundamentales. Ante esto, valdría la pena preguntarse si todo en la vida debería verse como un torneo donde sólo tenemos una oportunidad para acertar nuestro tiro en el blanco. Quizás hay cosas que no podemos premiar en un podio.
Referencias
1 Keller, S. (2004). Welfare and the Achievement of Goals. Philosophical Studies: An International Journal for Philosophy in the Analytic Tradition, 121(1), 27–41. http://www.jstor.org/stable/4321520
2 Keller, S. (2009). Welfare as Success. Noûs, 43(4), 656–683. http://www.jstor.org/stable/40660441
3 Bradford, G. (2015). Achievement. Oxford University Press.
4 Williams, B. (1973). Problems of the Self: Philosophical Papers 1956-1972. Cambridge University Press.
5 Fletcher, G. (2016). The Philosophy of Well-Being: An Introduction. Routledge.
6 Bradford, G. (2016). Achievement, wellbeing, and value. Philosophy Compass, 11(12), 795-803. https://doi.org/10.1111/phc3.12388
7 Larry King. (5 de diciembre de 2016). Why Jeremy Irons doesn’t want to be knighted Larry King Now | Ora. TV. [Video] YouTube.ttps://www.youtube.com/watch?v=X5_IU4R4L0Q
8 Huber, R. M. (1987). The American Idea of Success. Pushcart Press.
9 Ichheiser, G. (1943). Ideology of Success and the Dilemma of Education. Ethics, 53(2), 137-141. https://doi.org/10.1086/290338
10 Effing, M. M. (2009). The Origin and Development of Self-help Literature in the United States: The Concept of Success and Happiness, an Overview. Atlantis, 31(2), 125–141. http://www.jstor.org/stable/41055368
11 Raluy Alonso, Á. (2012). El concepto estadounidense de “éxito” frente a su homónimo español: Dos visiones sociológica, semántica y etimológicamente diferentes. ELUA: Estudios de Lingüística. Universidad de Alicante, (26), 269. https://doi.org/10.14198/ELUA2012.26.09
12 Weber, M. (2004). La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Alianza Editorial.
13 Monroy-Gómez-Franco, L., & Vélez, R. (2025). Informe de movilidad social en México 2025: la persistencia de la desigualdad de oportunidades. Centro de Estudios Espinosa Yglesias.
14 Sandel, M. J. (2020). La tiranía del mérito: ¿Qué ha sido del bien común? Debate.
15 Frank, R. H., & Cook, P. J. (1996). The Winner-Take-All Society: Why the Few at the Top Get So Much More Than the Rest of Us. Penguin Books.





