Aquí, en la cima de nuestro mundo
las cortinas de los hogares son traslúcidas (más que los ojos, más)
y, por estos atrapados instantes
que delimita el zumbido de la noche,
anhelos ajenos serán las estrellas
que ofrecen los cerros al vacío.
Sé poco sobre luminosidad, pero es otoño y voy apretada en el asiento trasero del carro de mi mejor amiga y por ahora no pensamos más que en el dolor causado por la risa; la luna ya nos dio permiso de abrir muy bien los ojos sin cegarnos, sin frenar. Si digo que el vacío se manifiesta a gritos, ella sabe que es otra esperanza la que habla.
Y si mirar las historias del cielo es hacer constancia del pasado, quiero pertenecer a este instante en el cadáver luminoso que siempre dejan atrás.





