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Ilustraciones: Valeria Rodríguez Pariente

¿Qué sucede con los vínculos afectivos del siglo XXI? Una reflexión con base en la filosofía de Byung-Chul Han

Las redes sociales hacen aquello para lo que fueron diseñadas: viralizar discursos simplones –frecuentemente exagerados–, con la música correcta de fondo, para conseguir que el mensaje parezca profundo y trascendental. Las industrias del amor y de la automejora son millonariamente lucrativas: aplicaciones, personas y escuelas dedicadas a emparejar y enseñar técnicas de seducción y aumento de atractivo. ¿Quién no quiere encontrar el amor verdadero y ser su mejor versión en el trayecto? En internet, hoy en día, podemos encontrar cientos de invitaciones que se nos presentan como preguntas retóricas o, ya de plano, como consejos: “¿Cómo hacer que una mujer se enganche contigo?”, “Diez cosas que no debes hacer en tu primera cita”, “Cuánto tiempo debes esperar antes de contestar un mensaje”, “Cinco técnicas para ser más atractiva”, entre otros. Por muy problemático que este tipo de contenido resulte, la oferta revela la presencia de la demanda. Aquí todos queremos ser millonarios y encontrar el amor. Al fin de cuentas, estas industrias solo se aprovechan de una realidad que ya es bien conocida y que, de hecho, se ha estudiado a fondo: las personas se sienten solas e insuficientes.

El año pasado, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó, en su informe mundial, que una de cada seis personas afirma sentirse sola1; la tasa es aún mayor entre adolescentes, adultos jóvenes y personas que viven en países de renta baja. Además, estima que el aislamiento social podría estar asociado con hasta 871 mil muertes anuales. Eso equivale a unas 100 personas menos en todo el mundo por cada hora que transcurre.

Por mucho que el mainstream trate de convencer sobre cómo el amor está en crisis por la falta de valores, el feminismo, no ser lo suficientemente alfa o hegemónicamente atractiva, la realidad es que el desprecio hacia los demás y/o hacia uno mismo sólo agrava el problema en cuestión:  la falta de vínculos significativos. Lo peor es que los villanos de esta historia son tan ampliamente conocidos que ya no sorprenden a nadie: nuestro sistema económico voraz, que resulta en un consumo de contenido desmedido y acrítico, que a su vez deriva en comparación constante, hiperconsumo, desconfianza,  hipervigilancia y mucho cringe. 

No obstante, y sin que nadie nos haya preguntado, aquí estamos y en esta realidad vivimos. Finalmente, las formas de relacionarse con el otro siempre serán el reflejo de un contexto determinado, por lo que me gustaría comenzar por presentar una breve radiografía del mismo, a partir –mas no exclusivamente– de algunas de las ideas clave del pensamiento del filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Hace mucho tiempo que dejé de creer en la inevitabilidad de un futuro que no me encante y, antes de poder crearlo, es preciso tratar de entender el presente.

El sistema gandalla

El diccionario del español de México define gandalla como: “adj. (Popular) Que saca partido de todo, sin consideración ni respeto por los demás; aprovechado”2. Algunos sinónimos pueden ser: mañoso, astuto, sagaz, listo, diestro, bribón; mientras que sus antónimos son: noble y leal. Han lo llama neoliberalismo. 

En su ensayo, La sociedad del cansancio, Han argumenta que vivimos más agotados que nunca, pues en las sociedades del rendimiento no hace falta nadie externo para explotarnos; ahora esa tarea es propia 24/7 y la llevamos a cabo con gusto y orgullo3. La autoexplotación se ha convertido en sinónimo de libertad y valor propio. Como regia que soy, el trabajo efectivamente es uno de mis valores medulares; sin embargo, esta autoimposición se vuelve urgentemente cuestionable cuando la autoexplotación deja de ser opcional: cuando el salario de un trabajo digno no alcanza, cuando no hacer horas extra se percibe mediocre, cuando las “muchas ganas” que le echas, no llevan a ningún lado. ¿La trampa? No hay ningún culpable más que tú. ¿La solución? Echarle más ganas. Bueno, aunque realmente no importa, porque nada será suficiente de todas formas; siempre se puede más.

Además, en el sistema gandalla, el fin –usualmente, hacer mucho dinero y “ganar” poder– siempre justifica los medios. Al fin y al cabo, si no lo hace uno, alguien más “listo” lo hará. Aquí, cada uno es responsable de su propio bienestar; aquí, ser gandalla no es defecto; aquí, ser noble es falta de colmillo; aquí, la sociedad no existe, como afirmó Margaret Thatcher. 

Nada de esto es una falla del sistema: al contrario, son las consecuencias naturales de su perfecto funcionamiento. Si el valor máximo que sostiene este diseño es el crecimiento y rendimiento infinito, en un mundo con recursos y vidas muy finitas, la insatisfacción es casi una obviedad. Por su parte, la adopción del gandallismo casi como si fuera un mecanismo de supervivencia y de sentido común, inevitablemente merma la confianza que tenemos hacia el otro. Ni modo, así son las cosas; no hay de otra, no hay escape. 

Es así como se instaura la desesperanza porque, desde luego, el cambio solo se logra en colectivo y aquí no hay amigos, pareja, dinero, ni energía para salir y convivir. Pero, gracias a Dios, existen las redes sociales para el entretenimiento gratuito e ilimitado. 

Aunque terrible, la verdad es que este sistema es brillante. En Sobre el poder4 Han profundiza en los mecanismos que vuelven imposible la consolidación de la resistencia. Y es que el poder entendió que la forma más efectiva de control es a través del convencimiento y no la fuerza, a través del deseo y las promesas hechas a la medida. Así, uno se alinea y obedece porque quiere, no porque deba, y como cada consecuencia negativa resultante del sistema se atribuye al individuo, el poder se camuflajea hasta volverse prácticamente imperceptible, blindado de consecuencias y responsabilidades. 

Por su parte, Nancy Fraser5 da a lo anterior otro nombre: capitalismo caníbal. Un sistema encargado de devorar todo aquello que no genere valor económico, de invisibilizar lo no monetizable y despreciar lo que se resiste a la explotación. No sorprende que, bajo este contexto, el amor, los cuidados y las relaciones interpersonales estén entre lo primero que el sistema devora. De esta manera, las cifras de la OMS –una de cada seis personas jóvenes sintiéndose sola– comienzan a percibirse como un porcentaje relativamente bajo, puesto que estos valores permean en todos los ámbitos de la vida y, aunque no ocurra de manera plenamente consciente, la insatisfacción y el abuso evidentemente se perciben, proyectan y resienten.

La gente está agotada, insatisfecha y sola. Saben que algo está mal, que algo necesita cambiar, pero como los verdaderos responsables no están al alcance, ese espacio queda vacante para la fácil adopción de cualquier otro “villano” –tú entre ellos–, fácil de viralizar y explotar. Asimismo, cabe recalcar que estas ansiedades no se libran con el estado civil ni con la cantidad de amigos, pues la convivencia no sustituye el problema de raíz: la desconexión. 

El contexto lo moldea todo, por lo que a continuación me enfocaré en describir dos maneras en las que estas circunstancias se ven reflejadas en la forma actual de relación con el otro, así como a ofrecer posibles cambios de perspectiva que sirvan de resistencia frente a un sistema que se beneficia del aislamiento, la insatisfacción y la desesperanza.

 

Las personas no son cosas

¿Muy obvio? Tal vez, pero la tendencia existe y persiste. A inicios del siglo XXI, Zygmunt Bauman6 nombró el creciente fenómeno de vínculos, cada vez más frágiles y efímeros, como amor líquido. Novedad no es, entonces, que el amor y las relaciones tiendan a entenderse como cualquier otro objeto de consumo o adquisición impulsiva, con novedad limitada y obsolescencia programada. Asimismo, el autor le adjudica la “pérdida de compromiso” que demuestran las “nuevas generaciones” al miedo de perder la libertad que les promete acceso a opciones y disfrute ilimitados, es decir, al FOMO –Fear Of Missing Out– en lenguaje coloquial. 

Aunque el FOMO todavía pelea por su lugar, una nueva tendencia va al alza: dejar de relacionarse por completo. Las causas y consecuencias son diversas, y van desde la falta de tiempo y el miedo a la exposición hasta la falta de habilidades sociales o el mero desinterés. En cualquier caso, la realidad es que las relaciones son complejas y requieren tiempo, pero en algún momento de esta última década, la hegemonía adquirió un nuevo discurso: el bienestar propio como máxima prioridad.

El autocuidado y la optimización del cuerpo llevan ya un rato de moda. Las redes sociales hicieron lo suyo y ahora el mundo sabe sobre límites, responsabilidad afectiva, tipos de apego, lenguajes del amor y hábitos atómicos. Todo suena increíble hasta aquí. Después de todo, en la era del gandallismo, es importante aprender autodefensa. No obstante, cuando nunca nada es suficiente, se suele perder el punto y lo que inició con una buena intención podría haberse convertido en una de las principales causas de la actual crisis de aislamiento: la expulsión de lo distinto y el infierno de lo igual. 

Sin embargo, en varias de sus obras, Han explica que las sociedades del cansancio están obsesionadas con la positividad, descrita como la búsqueda de todo aquello que no incomode, que no cuestione y no duela, que esté pulido y sea fácil de consumir y digerir. Desde luego, a nadie le gustan las complicaciones y el sistema ha vuelto más fácil la desaparición de cualquier tipo de resistencia. Todo se optimiza constantemente para mayor comodidad: las compras llegan a casa, el algoritmo muestra únicamente lo que gusta, Alexa apaga la luz y el buen amigo, Chat GPT, siempre nos da la razón. 

No obstante, esta intolerancia a la “negatividad” también ha dado lugar a un delulu colectivo nunca antes visto porque –reitero– las personas no son cosas, y tratarlas como tales –esperar de ellas perfección, asentimiento, complacencia, obediencia y validación sin fricciones– inhabilita cualquier posibilidad de conexión. El exceso de positividad reduce la tolerancia a lo diferente, pero de eso estamos rodeados; negar esa realidad es negar la humanidad misma. 

Las personas son complejas y el otro es diferente –no se programa a conveniencia, no existe para complacer– piensa, vive, siente y experimenta de forma única, pero cuando cualquier tipo de discusión se percibe como “negativa” porque hay que “proteger la paz”, aplicar el ghosteo resulta muy útil. Asimismo, la expulsión de lo distinto trae consigo el infierno de lo igual, un exceso del Yo, un narcisismo fastidioso.

Lo anterior no solo aplica para el mundo interior. La obsesión por optimizar y “embellecer” el cuerpo –lo que sea que eso signifique para las tendencias actuales– sigue la misma lógica, como máquinas siempre sometidas a procesos de mejora continua. Bajo esta influencia, no ser “perfectos” da vergüenza y la satisfacción resulta inaceptable, pues siempre habrá nuevas cosas y métodos por intentar. Así, la propia voz rebota en todas direcciones, de pronto todo se parece y lo que no –la otredad– luce mal, por lo que se aparta, causa cringe. 

El mainstream puede enseñar a poner límites y a optimizar rutinas, pero el minuto nunca alcanzará para enseñar a navegar la decepción, la incomodidad del desacuerdo, el malestar de una negativa o la apertura necesaria para diseñar consensos; esas habilidades requieren de la experimentación directa con otro ser humano para ser desarrolladas.

El amor no sólo es romántico

En su libro, El día que aprendí que no sé amar, García-Junco7 reflexiona sobre la centralidad del amor romántico en nuestras vidas y todas las expectativas –y decepciones– que derivan de ello. Existe un imaginario completo del amor en pareja y su importancia para una vida feliz: cómo se ve, cómo actúa, cómo piensa, cuánto gana, qué hace en sus tiempos libres, etcétera. En el mejor de los casos, la lista personal de expectativas ayuda a escoger a alguien que se alinea con los propios valores y prioridades; en el peor –y nada nuevo–, se reduce a la persona a eso: a una lista, en cuyo caso la desilusión es ineludible. 

El amor de pareja, específicamente la monógama heterosexual, es parte central del análisis que hace la autora, pues dicha lista –de por sí reduccionista– también queda menguada por estereotipos de género; limitando aún más la apreciación completa del otro. Asimismo, estos imaginarios no sólo afectan el proceso de selección romántica, también complejizan la posibilidad de tener amigos de otro género; una verdadera tragedia. 

El amor no sólo es romántico. Concentrar toda la necesidad de conexión en una sola persona tiene sus consecuencias. Además, la pareja como máxima prioridad lleva a jerarquizar y categorizar el amor, restringiendo y desvalorizando el resto de los vínculos afectivos. Resulta, pues, que para el amor sí hay límites, restricciones y regulaciones muy bien definidas; tener –buscar– una pareja se vuelve una imposición, no conseguirla se equipara a incompletud, y todo lo demás se da por sentado.

Recobrar la atención

Aunque el cambio siempre ha sido inevitable, la velocidad actual del mismo deja poco tiempo –o nada– para asimilarlo. Actualmente, la vida está llena de ruido y la atención se ha vuelto la moneda más valiosa, en donde el cuerpo es el único espacio controlable y las relaciones un mero resultado de estrategias bien ejecutadas. 

En Sobre Dios8, Han resalta que la habilidad para prestar atención, practicada a través del silencio y la contemplación, es lo que permite conectar con el entorno, uno mismo y los demás, dado que es la única manera de maravillarse y acceder a la belleza, misma que se encuentra en la apreciación de lo imperfecto, improbable, diferente y, por supuesto, en el otro. De esta forma, recobrar la habilidad para prestar atención podría ser una de las mejores formas de resistencia, puesto que para desear la preservación, el cambio o la mejora de algo, es preciso convencerse de que ese algo vale la pena. Así, habría que aceptar que la existencia misma únicamente cobra sentido a través del otro. 

Las relaciones interpersonales son complejas porque los seres humanos son complejos. Sin embargo, el otro siempre será la puerta hacia un entendimiento mayor de uno mismo, del mundo y su funcionamiento, de nuevas perspectivas, de nuevas posibilidades. La belleza, al igual que el amor, demora y no es consumible: se encuentra, habita, integra y transforma. Tal vez el contexto sea horrible y practicar formas de resistir sea complicado, pero recuperar la habilidad para conectar con los demás es fundamental para la construcción de un futuro que logre emocionar a todos.


Referencias

1 World Health Organization: WHO. (2025, 14 julio). Soledad y aislamiento: la amenaza oculta para la salud mundial que ya no podemos desoír. https://www.who.int/es/news-room/commentaries/detail/loneliness-and-isolation-the-hidden-threat-to-global-health-we-can-no-longer-ignore

2 Diccionario del español de México. (s. f.). https://dem.colmex.mx/ver/gandalla

3 Han, B. (2017). La sociedad del cansancio (2a edición). Herder Editorial.

4 Han, B. (2016). Sobre el poder. Herder Editorial.

5 Fraser, N. (2023). Capitalismo caníbal: Qué hacer con este sistema que devora la democracia y el planeta, y hasta pone en peligro su propia existencia.

6 Bauman, Z. (2010). Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Economica USA.

7 García-Junco, A. (2021). El día que aprendí que no sé amar: ars amatoria.

8 Han, B. (2025). Sobre Dios: Pensar con Simone Weil. Ediciones Paidós.

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