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Fotografía: Carlota Serarols

El amor, la mejor herramienta de la producción emocional: entrevista con Alva Gotby

Mi mamá le hace de cenar a mi hermana aunque sean las 10 de la noche. Lo hace porque mi mamá la ama. Mi hermana, a su vez, viene cansada. Ha trabajado todo el día en el hospital; apenas tiene fuerza para subir las escaleras. Sus pacientes necesitaban ayuda y cuidados. “Una mala doctora no quiere a sus pacientes”, “una mala doctora no ama su trabajo si no deja su vida por los pacientes”. Y mi hermana sí ama su trabajo y sí es una buena doctora. Mi papá ama tanto su trabajo que se mudó a Monterrey para sumarse a una compañía que le ofreció prestaciones. Ese trabajo le propicia horas extra sin paga y él lo sigue amando. 

Amar, querer, amar. ¿Qué quiero yo?, ¿qué amo yo?, ¿quién me ama y qué hace para amarme? Entre tantas cosas, por ejemplo, amo mi carrera, mis estudios. Sin embargo, paso ocho horas con la espalda encorvada y tengo que ir al psicólogo por acumulación de estrés. Pero no es queja, porque ya decía que amo mi carrera, así como mi mamá ama a mi hermana y mi hermana y mi papá aman su trabajo. Así se nos instruye, así se reproducen los deberes (y los amores).

Qué efectivo es el disfraz de una de las herramientas de explotación más eficaces. Qué curioso nombre le han designado las instituciones a la justificación de la reproducción emocional: amor. Qué incómodo es cuando se decide cuestionarlo. Cuestionar al amor. 

Alva Gotby, escritora y académica, quien ha dedicado parte de su trabajo a estudiar teoría feminista, reproducción social, vivienda, emociones y familia, ilustra cómo se le llama “amor” a una serie de mecanismos que oprimen y subyugan, que vistos con lupa no son tan coloridos o tan bonitos como las cartas que cada San Valentín pretenden darle significado. 

En Ellos lo llaman amor, una política de las emociones, libro publicado por la editorial Verso, se presenta el concepto de reproducción emocional, así como el papel que las emociones desempeñan al (re)producir formas de subjetividad y sociabilidad. En otras palabras, el valor de las emociones en la realidad construida es puesto en tela de juicio desde una perspectiva feminista, la cual propone romper con aquellas estructuras que, en muchas ocasiones, no afectan únicamente a un sector de la población, las mujeres, sino a cualquier sujeto feminizado. 

Sobre estos y otros temas converso con Alva Gotby en esta entrevista.

En Ellos lo llaman amor realizas una distinción entre el trabajo emocional y el concepto de reproducción emocional, el cual acuñas. ¿Cómo surge en ti la necesidad de esta definición conceptual y cómo se distinguen mutuamente?

Empecé a trabajar en este proyecto porque había una especie de auge sobre la reproducción social en un sentido más amplio. Dentro de la teoría marxista, existía un verdadero deseo de centrarse en los elementos del cuidado y el mantenimiento de la sociedad y las personas. En específico, encontraba que me interesaba, sobre todo, el aspecto emocional, algo que comencé a notar que aparecía de manera frecuente en mis cuestionamientos sobre muchos escritos, especialmente en el trabajo del colectivo Salarios por el Trabajo Doméstico. Así, quería desarrollar una teoría específica sobre qué función cumplen la emoción y el amor en la reproducción social en general, por ejemplo, cuestionando la teoría con preguntas como: “¿Cuál es la relación entre la emoción y el cuidado?” y “¿Qué tipo de vínculos tenemos con las personas a las que cuidamos o no?”. Ese fue el punto de partida de este proyecto. Mientras lo hacía, leía la teoría de Arlie R. Hochschild, quien acuñó, por su cuenta, el término de trabajo emocional. Ella establece que el trabajo emocional se explota en el ámbito profesional porque no es remunerado y también es algo que las mujeres suelen hacer dentro de sus ocupaciones, a menudo estereotípicamente feminizadas. Sin embargo, para mí, la reproducción emocional es todo el sistema en su conjunto y el trabajo emocional es la forma en la que la gente lo lleva a cabo. Por lo tanto, todos los actos individuales de trabajo que realizan las personas al cuidar a un ser querido contribuyen a un sistema más amplio de reproducción emocional que estructura dicho trabajo.

 

Ilustración: Roberto Castillón

Las redes sociales nos permiten acceder a una cantidad de estilos de vida que alientan la reproducción emocional con sesgo de género. Pienso, por ejemplo, en manifestaciones  como las tradwives. ¿Cómo se nos enseñan estos nuevos mecanismos de reproducción emocional día tras día, generación tras generación?

Es, de hecho, interesante que el movimiento de la tradwife como fenómeno online haya visibilizado mucho más estos aspectos feminizados del cuidado, precisamente por su carácter extremo. Y la cuestión es que, al ser extremo, se recurre a una idea nostálgica de cómo se concebía el género en los años 50 o antes, llegando a pensar que eso era, en realidad, algo bueno. De esta forma, se invierte gran parte del trabajo que las feministas realizaron en los años 60 y 70, quienes argumentaban también que era opresivo y explotador que se esperara que las mujeres asumieran todo el trabajo emocional y del hogar gratuitamente. Es necesario reorganizar este tipo de trabajo para que se eliminen estas expectativas opresivas que limitan el cuidado de los demás a un grupo selecto de personas. Supongo que el movimiento tradwife consiste en aceptar, en cierto modo, partes de la narrativa feminista y decir: sí, estas estructuras existen, pero en realidad nos gusta hacer estas cosas y eso es lo que nos da valor. En cierto modo, este movimiento se podría interpretar como una crítica a cierto tipo de capitalismo, a la idea de que se puede tener todo: una carrera, hijos; ser una mujer exitosa y a la vez esposa. Es decir, no, en realidad no queremos su trabajo asalariado, no queremos una carrera, pero obviamente estas mujeres también se dedican a esto profesionalmente. Son, ya sabes, influencers. Y luego, al llegar a casa, realizan otras tareas domésticas, y ellas dicen: no, renunciamos a la primera parte, solo queremos la parte no remunerada, y eso es lo real. Pero obviamente no es una crítica, no es una crítica estructural del capitalismo en absoluto y, de hecho, es más bien una aceptación de las condiciones que, en mi opinión, hacen posible el capitalismo. El hecho de que haya gente que realice todo el trabajo de cuidados de forma gratuita… bueno, mejor lo dejo ahí.

El trabajo emocional no se delega únicamente a la mujer, sino al sujeto feminizado, en general. Este parece estar condenado a un hastío emocional en el que se desvive en pro de preservar ciertos valores familiares. ¿Podríamos rechazar dicha preservación basada en la explotación emocional del otro?

El rol del sujeto feminizado no se trata de un rol esencialista de género desde un punto de vista biológico. A veces los hombres lo pueden llegar a asumir si se encuentran en una posición feminizada, ya que es un rol estructural dentro de un sistema social más amplio que, en cierto modo, no se preocupa tanto por la supervivencia de todas las personas, sino por el sacrificio de unos por otros. Esto nos puede llevar a concebir la idea de que el capitalismo se basa en el individualismo y la gente es muy individualista. Pero lo que sostengo en el libro es que, en realidad, no es un sistema completamente individualista. Creo que es más preciso decir que se trata de una privatización del cuidado dentro de estructuras sociales muy pequeñas, generalmente una pareja o la familia. Y dentro de esa estructura, al estar basada en relaciones íntimas y vínculos afectivos estrechos, resulta casi imposible rechazar ese rol. Si, por ejemplo, creces como hija en una familia donde hay necesidad de cuidados, ya sea cuidando a personas mayores, hermanos menores o hijos propios, no es tan fácil decir: “No, prefiero hacer otra cosa”, porque las consecuencias de esas decisiones resultan inmediatas, usualmente con un impacto negativo. Por eso, parte de lo que exploro en este libro es por qué es tan difícil, incluso cuando somos críticos con estas estructuras, desvincularnos completamente de ellas. A menudo, las personas dependen de esas estructuras, tanto para su bienestar emocional como para su autoestima. Esta idea típica de ser una buena hija, esposa, madre o en general un buen sujeto feminizado se basa en el cuidado de los demás, pero también en la dependencia económica que se puede tener de otros con más poder. Hay muchas razones por las que resulta difícil alejarse de esa realidad, algo que, creo, las feministas liberales a veces han asumido como sencillo: que las mujeres pueden adoptar una subjetividad individualizada y dedicarse a su carrera sin más cuando para algunas mujeres que trabajan es muy difícil decir “No, quiero hacer algo diferente con mi vida”.

Esta experiencia de privatización no es exclusiva a la práctica del amor romántico, sino incluso también a la de la amistad al momento de designar un único mejor amigo. ¿Podemos comenzar a comprender la amistad sin privatizarla, es decir, sin explotar desigualmente la vida emocional del otro?

Es cierto. Hay amistades que, de alguna manera, replican esta estructura de privatización. La amistad es interesante porque no está tan definida como otros tipos de relaciones. Por ejemplo, si eres esposa, existe un guión social bastante claro sobre lo que eso significa y sobre cómo debes convertirte en esposa. Pero con la amistad, es mucho más ambiguo. Por eso creo que la amistad puede ser un modelo para abordar las relaciones y la sociabilidad de una manera diferente, de una manera menos excluyente. Para ello, podríamos hablar de una especie de un pequeño grupo de amigos; me refiero a la idea de la camaradería y a estar conectado con otras personas, no tanto por con quién te sientes similar o a quién has elegido como tu grupo, sino más bien por un sentimiento de solidaridad y por estar al lado de personas que pueden ser diferentes a ti. Lo principal que tienen en común es una especie de lucha o aspiración por una sociedad diferente. Podemos introducir esa idea y pensar en la amistad como algo que puede incorporar la diversidad, distintos tipos de personas y distintas generaciones. A menudo tendemos a ser amigos de personas de edad similar a la nuestra, pero en realidad podríamos tener amistades con un grupo mucho más amplio de personas.

Me llama la atención esta manera de defender el acto de imaginar la sociedad que nos gustaría construir.

Es natural que con la diversidad, con la pluralidad de edades e intereses, surjan conflictos y discusiones. Pero ese es precisamente el punto: no se trata de privatizar la emoción o los resultados de la amistad para vincularlos específicamente a un producto o a una idea que ya está definida de antemano en la mente. Al contrario, se trata de estar abiertos a lo que pueda suceder.

Ilustración: Roberto Castillón

Sobre esto, ¿qué rol tendría imaginar en comunidad una utopía para liberarnos de ciertas dinámicas de explotación emocional?

La gente suele quedarse estancada en la idea de que la realidad actual es imposible de cambiar y que cualquier otra forma de organizar nuestras vidas simplemente no funcionaría. Y por eso creo que se produce un rechazo inmediato a las ideas utópicas. En ese sentido, el pensamiento utópico consiste en crear un espacio para el pensamiento político, no solo para pensar en todos los problemas de la sociedad actual, sino para permitirnos imaginar lo que realmente anhelamos, lo que realmente queremos y en cómo sería en la práctica una sociedad orientada hacia valores diferentes. Estas ideas son difíciles de traducir en algo inmediato y a veces las pasamos por alto como una mera fantasía, algo que nunca sucederá. Sí, pero creo que son muy importantes, ya que pueden ayudarnos a ver y tener pequeñas victorias o reformas dentro del sistema actual. Las utopías, entonces, son importantes para pensar en una forma de reestructurar nuestro pensamiento político y reorientarnos un poco. Porque si participas en movimientos políticos, a menudo te centras en lo que tienes que hacer inmediatamente después y a veces eso nos aleja de pensar en los cambios más importantes que necesitamos. Creo que el pensamiento utópico y, especialmente, el pensamiento utópico queer, es fundamental para que nuestros movimientos puedan imaginar una sociedad que sea, ya sabes, lo que realmente queremos, en lugar de simplemente un poco mejor.

Los cambios pueden traer consigo emociones difíciles: ¿qué le recomendarías a las personas que están en una comunidad y, al mismo tiempo, en un proceso de adaptación a nuevas dinámicas sociales?

El conflicto, las emociones difíciles y que la gente atraviese situaciones complicadas son, en cierto modo, inevitables. En Londres participo en la lucha por la vivienda y la gente trae consigo experiencias traumáticas, lo que a veces puede generar conflictos o malestar entre los demás. Lo que necesitamos averiguar es cómo afrontarlo. Aquí quiero reflexionar un poco más sobre la vida emocional de un movimiento o una organización política. Debemos reconocer que ese trabajo emocional se está llevando a cabo y que necesitamos desarrollar nuestras habilidades colectivas para afrontarlo. A veces, incluso, las organizaciones políticas radicales pueden reproducir las expectativas de género en torno a este trabajo emocional y su reproducción. Inevitablemente habrá muchas dificultades, ya sean conflictos interpersonales o diferencias de perspectiva. Saber cómo manejarlos es fundamental. También creo que es importante reconocer el costo emocional y la carga que soportan las personas que realizan la mayor parte de este trabajo y que lo hacen bien. Y, simplemente, asegurarse de que quienes cuidan de los demás también reciban el cuidado que necesitan y obtengan lo que requieren. Eso podría ser el mismo apoyo emocional de otras personas. Así que no se trata solo de que algunos brinden cuidados y otros los reciban, sino que quienes cuidan también sean cuidados. Necesitamos incorporar esto a la estructura de nuestros movimientos para que sean resilientes, sobrevivan a largo plazo y puedan superar las dificultades. Tener formas de lidiar con los sentimientos negativos que genera la lucha también es muy importante.

¿Cómo se puede enseñar esta habilidad emocional sin reproducir las estructuras y relaciones tradicionales del cuidado?

Muchas estructuras basadas en el cuidador y el que recibe cuidados suelen arraigarse al enseñar las habilidades de atención emocional, al punto que es muy fácil reproducirlas, incluso si lo que se intenta hacer es una ruptura. Por eso creo que lo que podemos hacer es siempre desafiar esa expectativa y dejar claro que esos roles separados no deberían existir en nuestra organización. Cualquiera que haya acudido a una organización en busca de ayuda también puede brindar ese mismo apoyo a otras personas. A menudo, son quienes mejor pueden hacerlo porque han vivido esa misma experiencia que se busca solventar. No se trata solo de valorar la experiencia y el conocimiento de las personas y decir: “miren, esto es real y valioso, y además es algo que pueden transmitir a otros”, dándoles la sensación de que pueden asumir un rol más empoderador, porque son capaces de hacer algo que creían reservado para otros grupos. Tal vez las personas que han tenido más oportunidades de desarrollar sus habilidades emocionales podrían mostrarles, a quienes carecen de ellas, esas habilidades invisibles que a menudo necesitan.

Estas habilidades invisibles se gestan en el seno de la familia, la cual suele tener una estructura desigual de reproducción y explotación emocional. ¿Podríamos encontrar una comunidad distinta a la familia donde se satisfagan las necesidades emocionales?

El problema con la familia radica en que está demasiado definida y su estructura ya está preestablecida. Incluso, si uno piensa que podría concebir la familia de otra manera resulta bastante difícil debido al carácter íntimo y privado que le hemos conferido. Se trata de relaciones muy cercanas con un grupo reducido de personas, basadas en la idea de lazos de sangre, herencia genética o parentesco. Por eso, prefiero no centrarme tanto en definir qué podría reemplazar a la familia, sino más bien en reflexionar sobre cómo sería una forma de vida que no incluya todos esos aspectos. Una forma de vida que no sea tan reducida, que no se base en ideas de herencia biológica o relaciones extensas. Que no se base en ese sentido tan privado de que un grupo de personas se pertenece a sí mismo. Creo que se puede organizar de muchas maneras diferentes, y no veo necesariamente útil ser demasiado prescriptivo en cuanto a qué viene después de la familia o cuál es su alternativa. La amistad, como menciono en el libro, puede ser una forma de pensar las relaciones de manera diferente, menos basada en el sentido de posesión hacia otras personas, porque puedes tener muchos amigos que hacen cosas diferentes por ti o satisfacen distintas necesidades relacionales o emocionales. Creo que eso es lo que me atrae de la amistad como idea: esa conexión más flexible que te permite querer mucho a tus amigos y tener un vínculo emocional muy fuerte con ellos, pero que también es menos exclusiva. Combinar eso con una estructura física, como un bloque de viviendas o algún tipo de lugar donde las personas puedan satisfacer sus necesidades de apoyo emocional como materiales (comida y techo), sería beneficioso. No se trata de una sustitución específica de la familia, sino más bien de pensar en las diferentes formas sociales que podríamos desarrollar. Ya sea un grupo de personas que viven en el campo o un bloque urbano con cientos de apartamentos. Si la gente pudiera acceder a formas de satisfacer sus necesidades de muchas maneras diferentes (y no, no nos corresponde a nosotros predecir qué tipo de necesidades se tienen actualmente o se tendrán en el futuro), sería posible. Las necesidades siempre son sociales y están, en cierto modo, moldeadas por nuestra forma de vida. Pero creo que esa es la manera de abrirnos a nuevas ideas sobre cómo podríamos satisfacerlas, de una  forma menos ligada a la estructura privada de la familia.

Los incrementos en los costos de la vivienda han generado nuevas alternativas de organización como los matrimonios lavanda, personas que se unen en contrato matrimonial para acceder a los beneficios legales; entre ellos, una vivienda. ¿Qué podemos aprender de este fenómeno? ¿No estaremos más bien reproduciendo las mismas estructuras?

Los matrimonios lavanda son un buen contrato, además amistoso, entre personas queer. Se podría pensar que este fenómeno no tiene nada de malo porque existe una alternativa para organizarnos y tener esta base material que es la vivienda para desarrollarnos. Sin embargo, esta alternativa también reproduce la idea de la pareja heterosexual, los estereotipos que esta conlleva y la reproducción emocional tradicional y desigual que esta supone. Tener una casa propia suele ser fundamental para esa idea de la buena vida y hoy en día es muy difícil conseguir una hipoteca o comprar una casa si eres una sola persona. Resulta bastante interesante cómo el sistema bancario y las instituciones financieras suelen perpetuar las expectativas sobre un determinado tipo de hogar y el matrimonio heterosexual como el ideal, al grado que la instauran como la forma de relación más estable y segura. Aunque sabemos que aproximadamente la mitad de los matrimonios heterosexuales, en muchos países, terminan en divorcio, persiste la idea de que, si estás casado, estás comprometido con tu pareja. Incluso si se afirma que se está haciendo de forma diferente, la cuestión es que en realidad el acceso a derechos como el de la vivienda no se le está garantizando a un grupo más amplio de personas, sino que simplemente se están siguiendo las reglas ya establecidas en vez de romper con ellas.

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