Joel y Clementine se borran mutuamente de la memoria, a través de un procedimiento médico, luego de una ruptura dolorosa. El azar los vuelve a encontrar en un tren; ninguno recuerda el nombre del otro ni el pasado en común. No obstante, ambos sienten algo de familiaridad y una atracción inmediata. Esta historia –de notable belleza visual, narrativa y musical– pertenece al filme Eternal Sunshine of the Spotless Mind1, de Michel Gondry. Su argumento contiene una ilustración didáctica de una idea que, muchos años antes, fue sostenida por Freud: aunque un recuerdo se borre, el tipo permanece2; existiría, así, una tendencia o patrón –o incluso una gramática inconsciente– que se observa a través de la repetición, aunque para ambos se experimente como un reconocimiento inexplicable. En una de las escenas finales, ambos escuchan las grabaciones en las que se insultaban y describían todo lo que odiaban del otro. A pesar de esto, deciden intentarlo de nuevo. Gondry nos obsequia un manifiesto contra la fantasía de que el amor se elige de manera racional.
Existen numerosos ejemplos de historias que sostienen su trama en la idea del amor como dos inconscientes que se reconocen mutuamente: In the Mood for Love3, en donde dos personas se intuyen antes de comenzar a charlar; la trilogía Before4,5,6 en la que el amor se estudia como una contingencia pura, un encuentro de azar; Cumbres borrascosas7, en donde la frase de Catherine sobre Heathcliff: “Él es más yo que yo misma. Sea cual sea la sustancia de la que estén hechas nuestras almas, la suya y la mía son idénticas”, nos habla del reconocimiento en el otro de algo propio e inconsciente; El amor en los tiempos del cólera8, cuya trama muestra la forma en la que Florentino y Fermina se guardan un reconocimiento interno que resiste décadas de separación; y por último encontramos en esta lista breve –y no definitiva– la novela titulada La insoportable levedad del ser9, en la cual Tomás –uno de los personajes centrales– relata todas las coincidencias azarosas que permitieron el encuentro amoroso, diferenciándolas del “peso” que el sujeto suele agregar retroactivamente para poder amar aquello que, en rigor, ocurrió sin un porqué.
Dentro de los márgenes de un consultorio psicoanalítico, las relaciones de amor son una de las derivas que nos empujan a navegar con mayor frecuencia: el amor como aquello que fuimos o no fuimos para nuestros padres; aquello que, como infantes, depositamos en esas primeras figuras vinculares; la devoción hacia nuestros maestros de escuela primaria; los primeros amores en los albores de la juventud; las relaciones cada vez más formales; el amor hacia los hijos; el amor hacia los ideales.
Sin embargo, las personas consiguen vernos, ante todo, cuando el amor encuentra una de sus vertientes trágicas: pérdidas, rupturas, traiciones, desilusiones y repeticiones. A decir verdad, frecuentemente son estas vertientes las que apuntan a la manera en la que cada uno de nosotros se posiciona frente al amor.
El propio psicoanálisis consiste en una cura a través del amor: una cura que se forja en la transferencia, en la idea o ilusión de que el analista sabe algo sobre el síntoma, la verdad o el deseo que uno mismo no logra ver10. Lacan no piensa ese amor como un afecto dirigido a alguien que sabe, sino como un amor al saber; y no como la simple repetición de un guion infantil, sino como la invención de algo nuevo que se produce en el encuentro analítico. Si la vertiente del amor en la transferencia puede dar paso a la aparición de algo nuevo e inédito –algo que consigue ir más allá de la repetición de lo conocido–, entonces cabe la posibilidad de preguntarnos si esto podría ocurrir también en las relaciones amorosas. ¿Qué buscamos cuando deseamos amar? ¿Cómo hacemos esa elección? ¿A quién amamos cuando amamos? Son algunas preguntas que guían este escrito.
Elegimos repitiendo, no comparando
Freud le dedicó a este problema una serie de textos breves que tituló Contribuciones a la psicología del amor11. El primero cuestiona las “condiciones inconscientes” que rigen la elección de amor. Describe un tipo de elección que llama “del tercero perjudicado”: hombres que solo se enamoran de mujeres ya comprometidas con otro, debido a cierta necesidad de que aparezca la figura del rival para encender su deseo. Nadie elige eso a sabiendas. Y, sin embargo, el patrón se repite, ciego a la voluntad de quien lo padece.
Cuatro años después, en Introducción al narcisismo12, Freud complejiza el panorama afirmando que hay, en rigor, dos caminos posibles para elegir a quien amar. Por un lado, se ama según el modelo de quienes nos alimentaron y protegieron de niños, de modo que el objeto de amor adulto es, estructuralmente, un sustituto de esas primeras figuras de cuidado. Por otro lado, se ama teniendo como modelo al “sí mismo”: se ama lo que uno es, lo que uno fue, lo que uno querría ser, o a alguien que representa una parte de uno mismo. Estas dos vías de amor no son excluyentes, sino que se encuentran en mayor o menor medida en las personas.
Para Freud, toda elección amorosa constituye, en realidad, un reencuentro. Nunca elegimos a alguien por primera vez: elegimos con base en un molde previamente constituido, un tipo que se fijó muy temprano, en la relación con las primeras figuras que nos amaron y frustraron. Cierta manera de ser amado, cierta manera de llamar la atención –el deseo del otro o su desamparo– permanece grabada como un patrón, y ese patrón sigue operando, aun si conscientemente buscáramos lo contrario.
Mediante la introducción del término en alemán Nachträglichkeit13 –après-coup en francés; retroactividad en español–, Freud propone que el molde conformado por la escena original no conforma un estado inalterable, sino que atraviesa un proceso de resignificaciones constantes, con cada nuevo encuentro que aparece. Bajo la idea de esta retroactividad, cada encuentro amoroso reescribe algo de ese molde original, lo confirma o lo desmiente parcialmente y, por consecuencia, la repetición nunca se produce de manera idéntica. Son esas variaciones en donde se encuentran los márgenes –aunque estrechos– para que aparezca algo distinto a la mera repetición, y es precisamente en ese intersticio en donde muchas veces opera el trabajo analítico. Es imposible borrar nuestra historia personal, pero esa fisura permite que el trabajo analítico introduzca una diferencia mínima en un texto que uno no escribió, aunque tampoco se encuentre condenado a repetirlo.
La fantasía de la media naranja
En El banquete, Platón14 pone en boca de Aristófanes una de las historias más primordiales del amor: los seres humanos originales eran seres dobles y redondos, con cuatro brazos y cuatro piernas, que rodaban sobre sí mismos y que, por su fuerza desmedida, intentaron escalar el cielo para desafiar a los dioses. Zeus, como castigo, los partió en dos. Desde entonces, cada mitad busca, dolorosamente, a la otra mitad que le fue arrancada. Aristófanes define al amor como ese anhelo de restitución de una plenitud perdida, el reencuentro con un todo.
Sobre la premisa de esta historia se ha construido el mito del amor romántico: habría una “media naranja”, una persona destinada a nosotros, hecha a nuestra medida, que nos colmaría; entonces, enamorarse sería equivalente a reconocer algo que solía ser nuestro y se nos arrebató. Esta idea plantea que esa falta en ser, fundamental en los seres hablantes, habría de ser completamente llenada por una persona, y que el trabajo consistiría, entonces, en encontrarla en algún lugar de este mundo. Es la nostalgia de algo mítico antes de la llegada de lo prosaico que ejemplifica Medianoche en Paris15.
Para Lacan, la fascinación por ese ideal del amor bajo una forma esférica y sin falta revela una estructura imaginaria cuya adhesión afectiva se sostiene en un rechazo de la castración. El mito de la media naranja niega aquello que el psicoanálisis pone en el centro: existe en el sujeto una falta estructural, una pérdida de nacimiento de un objeto no sexuado que, por lo tanto, no puede ser restituido por ningún partenaire10.
Un encuentro sin instrucciones
Desde el psicoanálisis, entendemos el amor como aquello que puede mediar entre los sujetos que se encuentran, por su constitución, radicalmente solos. A diferencia de los animales, el programa instintivo con el que comenzamos la vida se caracteriza por la plasticidad y la flexibilidad bajo las cuales se van forjando las condiciones que provocan nuestras reacciones emocionales. Un pájaro sabe, sin aprenderlo, reconocer a su pareja de especie. Un humano no posee ese saber al momento de nacer; a esto, Lacan lo denomina la “inexistencia de la relación sexual”16. Es por esto que hace falta el lenguaje, la cultura, el rodeo, el ensayo y el error para que dos personas lleguen a construir algo entre sí. Lo que hace que el encuentro amoroso, en los humanos, siempre tenga algo de azar, Lacan lo llama “contingencia”, un encuentro que ocurre y que el sujeto decide –o no– sostener.
El amor es, entonces, pensado como ese tapón que podría llenar, solo parcialmente, ese sentimiento radical de soledad. Lacan piensa el amor también como aquello que hace de puente y encuentra su soporte en la relación entre dos saberes inconscientes16. Bajo esta perspectiva, el amor se entiende como una armonía de patrones inconscientes, a veces a pesar de la parte consciente de las personas.
El inconsciente, como el amor, no obedece instrucciones; por eso, buscar en esta contingencia la garantía previa que asegure que no habrá dolor ni error conduce a perseguir algo que estructuralmente no existe. El amor humano no funciona bajo el signo de la certeza. Quien promete esa certeza está vendiendo algo que no puede entregar.
¿Qué nos dice el amor de nosotras mismas?
Jacques-Alain Miller vuelve a poner la cuestión de la verdad en la relación amorosa. Para él, amar verdaderamente es creer que amando a esa persona podremos acceder a una verdad acerca de nosotras: “Amamos a aquel o a aquella que esconde la respuesta, o una respuesta a nuestra pregunta: “¿Quién soy yo?”17. Amamos, pues, a quien, sin que ninguno de los dos lo sepa del todo, aloja algo de nuestra pregunta más íntima sobre nosotros mismos. Y eso, por definición, no se puede buscar directamente, puesto que desconocemos esa pregunta hasta que alguien, mediante el azar o la contingencia, la responde. Amamos, pues, a quien suponemos que posee la clave sobre nuestra propia verdad.
Lacan retoma el mito platónico para invertirlo. En El banquete, el amante –erastés– es quien carece, quien desea; el amado –erómenos– es el supuesto poseedor de algo valioso, un bien que el amante busca obtener. Pero Lacan advierte que esa estructura esconde un engaño: el amado no posee en realidad nada de lo que el amante le atribuye. El verdadero movimiento del amor no es la posesión de un objeto, sino un desplazamiento de lugar: cuando el amante llega a ocupar la posición del amado, ambos descubren que ninguno de los dos tenía, desde el principio, aquello que el otro suponía18. Si nada hay que poseer, tampoco hay nada que intercambiar propiamente: lo único que un sujeto puede ofrecerle a otro es su propia falta, sin garantía de que ese don sea recibido ni correspondido18.
El amor, nos recuerda Miller, siempre es recíproco, mas no en el sentido de que siempre será correspondido, sino bajo la idea de que hay algo del otro implicado para que yo lo ame: “Mi amor por ti no es solo asunto mío, sino también tuyo. Mi amor dice algo de ti que quizá tú mismo no conozcas”17. Esta reciprocidad no asegura nunca que el amor que se llega a sentir por el otro sea correspondido; es más, Miller posiciona al amor correspondido en el orden del milagro, un movimiento que no se puede calcular por anticipado.
La única brújula que parece disponible en la elección amorosa no es la certeza de haber elegido bien o del amor a primera vista, sino la disposición a sostener una apuesta que nunca deja de ser, en algún punto, un riesgo: una apuesta por inventar, por aprender la lengua del otro, por encontrar nuevas versiones de nosotros mismos que no se cierren en la repetición eterna, sino que se abran a nuevas invenciones.
Referencias
1 Gondry, M. (Director). (2004). Eternal Sunshine of the Spotless Mind. [Película]. Focus Features.
2 Freud, S. (2007). Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (Contribuciones a la psicología del amor, I). En Obras completas (vol. 11). Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1910).
3 Wong, K.-W. (Director). (2000). In the Mood for Love [Película]. Block 2 Pictures, Paradis Films.
4 Linklater, R. (1995). Before Sunrise [Antes del amanecer] [Película]. Castle Rock Entertainment; Detour Filmproduction.
5 Linklater, R. (2004). Before Sunset [Antes del atardecer] [Película]. Warner Independent Pictures; Castle Rock Entertainment; Detour Filmproduction.
6 Linklater, R. (Director). (2013). Antes del anochecer [Película]. Castle Rock Entertainment; Detour Filmproduction; Venture Forth.
7 Brontë, E. (2015). Cumbres borrascosas. (N. d’Amnoville Alegría, Trad.). Penguin Clásicos.
8 García Márquez, G. (2015). El amor en los tiempos del cólera. Editorial Diana.
9 Kundera, M. (2005). La insoportable levedad del ser. Tusquets Editores.
10 Lacan, J. (2010). El seminario, libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 1964 (J.-A. Miller, Ed.; traducción de R. Rodríguez Ponte). Paidós. (Obra original dictada en 1964).
11 Freud, S. (2007). Obras completas (Vol. 11: Cinco conferencias sobre psicoanálisis, un tipo particular de elección de objeto en el hombre y otros trabajos). Amorrortu Editores. (Trabajo original publicado entre 1910 y 1918).
12 Freud, S. (2007). Introducción del narcisismo. En S. Freud, Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. 14, pp. 65-98). Amorrortu Editores. (Trabajo original publicado en 1914).
13 Freud, S. (2007). De la historia de una neurosis infantil («El Hombre de los Lobos»). En Obras completas, (J. L. Etcheverry, Trad., Vol. 17, pp. 1-112). Amorrortu Editores. (Trabajo original publicado en 1918 [1914]).
14 Platón. (1983). El banquete (L. Gil, Trad.). Ediciones Orbis.
15 Allen, W. (Director). (2011). Medianoche en París [Película]. Sony Pictures Classics.
16 Lacan, J. (2007). El seminario, libro 20: Aún (J.-A. Miller, Ed.; C. P. D. L. Bres, Trad.). Paidós. (Obra original dictada en 1972-1973).
17 Miller, J.-A. (2008). «Amamos a aquel que responde a nuestra pregunta: ¿Quién soy yo?»/Entrevistado por Hanna Waar. Psychologies Magazine, 278.
18 Lacan, J. (2003). El seminario de Jacques Lacan, libro 8: La transferencia (E. Berenguer, Trad.). Paidós. (Obra original dictada en 1960-1961).





