“Cuida de mis sueños
Cuida de mi vida
Cuida a quien te quiere
Cuida a quien te cuida”.
Pedro Guerra | Jorge Drexler
Quise empezar este artículo citando, a modo de epígrafe, una estrofa de la canción Cuídame para reflejar la complejidad y la ternura del cuidado, que entreteje la dualidad entre quien necesita cuidados y quien los brinda. Cuidar se relaciona con actos vinculados a un estado afectivo, a un trabajo físico, práctico, y a una posición ética o moral1.
Escribir sobre el cuidado y sus emociones parecería un tema muy alejado de la economía. No soy la primera economista en abordarlo; existe un campo consolidado denominado “economía del cuidado”. Haré uso de su enfoque y lo complementaré con el estudio de las emociones, apoyándome no solo en investigaciones previas, sino también en mi experiencia como cuidadora y en la convivencia con otras personas que ejercen esta labor. Si bien mi especialidad no es la psicología, la economía ha estudiado la felicidad y el bienestar desde sus orígenes. Por ello, voy a emplear el enfoque económico desde la frontera para analizar el cuidado desde la perspectiva de la persona cuidadora.
Existen encuestas que miden el cuidado a nivel mundial. En México, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) define las horas de cuidado como el número de horas semanales que una persona dedica de manera exclusiva a niños, ancianos y enfermos, sin remuneración2. En la Ciudad de México existen 3 millones 80 mil personas que proveen cuidado sin recibir remuneración y casi exactamente el mismo número de personas necesitan ser cuidadas3. A finales de 2024, en México, de acuerdo con cálculos propios basados en la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), aproximadamente el 71 % de las personas dedicadas al cuidado de la población económicamente activa eran mujeres. En promedio, una mujer dedica 27 horas a la semana a este tipo de actividad, mientras que los hombres que afirmaron cuidar de manera exclusiva dedicaban 17 horas a la semana.
Estos datos reflejan la inequidad en el trabajo de cuidados en México. Sin embargo, no es un fenómeno aislado. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) señala que constituye un patrón global. En 2025 las mujeres realizaban en promedio 2.5 horas más de cuidado al día que los hombres4. ¿Qué impacto tiene este desbalance? A nivel social y económico, es una estadística que refleja la desigualdad de género no solo en lo que se mide, sino también en el acceso a los salarios, en el prospecto laboral de las mujeres y en su estabilidad económica futura. Pero, más allá de esto, ¿qué emociones hay detrás del cuidado?
El cuidado genera satisfacción personal en sociedades donde se valora. Quien lo ejerce puede experimentar un sentido de identidad, pertenencia y propósito al sentir que contribuye al bienestar familiar o comunitario. Las emociones que favorecen el bienestar se relacionan con la conexión con el otro, la alegría ante los gestos de gratitud y la tranquilidad de saber que el ser querido está a salvo. Lo relacional en el cuidado trasciende lo afectivo: atender al otro sostiene el vínculo y conlleva implicaciones éticas5. En lo económico, dedicar tiempo al cuidado posee beneficios no contabilizados para la sociedad; entre ellos, la creación, el mantenimiento y el desarrollo de las capacidades humanas6. Sin embargo, a pesar de los beneficios del cuidado y de su importancia, pueden surgir emociones que afectan el bienestar de las personas cuidadoras.
La Johns Hopkins School of Medicine señala que las personas cuidadoras experimentan con frecuencia sentimientos ambivalentes y complejos, producto de la alta demanda y las preocupaciones constantes. Entre ellos, destacan la culpa, el resentimiento, el duelo, la soledad, el miedo y la ansiedad.
La culpa por requerir un espacio de descanso; el resentimiento y la rabia ante la falta de corresponsabilidad de terceros; el duelo por la vida que se postergó o por el deterioro progresivo del ser querido7; la soledad, al verse aislada de los eventos sociales, de las demás personas o del mundo exterior debido a que restringen su interacción con los otros, no solo por tiempo, sino también por miedo a contagiarse de alguna enfermedad que pudiese afectar su bienestar, lo que impediría ejercer el cuidado o contagiar a quien cuida, generando mayor soledad, estrés, miedo y, nuevamente, culpa; y, finalmente, la ansiedad por lo que le depara el futuro en diferentes aspectos de la vida, entre ellos el económico.
Si sumamos a todos estos aspectos el hecho de que, en algunas sociedades, el cuidado no es valorado porque se considera una falta de productividad, una tarea que se percibe como inferior en comparación con el trabajo ejercido fuera de casa, las emociones que afectan el bienestar de la persona cuidadora pueden verse exacerbadas al no percibir valor en lo que hace. Expresiones como “ella lo que hace es cuidar de los niños” o “es ama de casa” muestran desprecio por el cuidado y minimizan el trabajo no remunerado de quien ejerce como cuidadora. Esto también tiene un impacto en el bienestar, ya que además de sentir ansiedad, soledad y miedo, carga con el peso de la minimización o la infravaloración de su labor.
También está el caso de quienes ejercen el cuidado, pero que además tienen que trabajar fuera de casa, ya sea tiempo parcial o tiempo completo, y cuya tarea de cuidado es compartida con otra persona o con alguna institución. Las emociones de estas personas pueden ser similares a las de quienes cuidan a tiempo completo, pero además se suma el estrés de compaginar el trabajo con el cuidado: no parar de trabajar porque el trabajo no termina en la oficina, sino que se extiende a casa. Estas personas tienen una carga física y mental adicional que se ve parcialmente compensada por el trabajo remunerado, pero no elimina las emociones que afectan su bienestar.
En sociedades donde el cuidado es compartido y existe un sentido de comunidad en torno a él, la carga emocional que afecta al bienestar suele ser amortiguada por el ejercicio comunitario del cuidado. En sociedades más individualistas, esto no suele ser así. Por otro lado, en contextos en los que la mayoría de la población tiene dificultades económicas, se complica aún más el bienestar de quienes ejercen el cuidado, puesto que la pobreza también tiene un impacto emocional derivado no solo de la escasez de ingresos, sino también de las carencias en el acceso a la salud, a la educación y, en general, a servicios que podrían mejorar la calidad de vida de las personas.
Para poner en contexto las emociones del cuidado en relación con la cantidad de personas que la ejercen, pensemos que, en México, de acuerdo con cálculos propios basados en los datos de la ENOE, casi el 26 % de la población de entre 15 y 65 años respondió que ejercía tareas de cuidado sin remuneración en el último trimestre de 20242. Imaginen las emociones que sienten alrededor de 16 millones de mexicanas y mexicanos que desempeñaron esta labor. De estas personas, aproximadamente 11 millones eran mujeres.
Pensemos en el impacto psicosocial y económico de esta inequidad. Probablemente un cierto número de personas experimenta emociones gratificantes por el acto de cuidar, sin embargo, independientemente de lo gratificante de la tarea, la cantidad de horas que, en promedio, millones de mexicanas le dedican a esta labor es bastante alta. Como ya se señaló, el cuidado excesivo desencadena emociones en conflicto con el bienestar. Por tanto, dada la magnitud de los números, podríamos estar ante una crisis potencial de agotamiento de quien ejerce el cuidado, que afecta principalmente a las mujeres.
Además de lo emocional, según el estudio de las Naciones Unidas citado anteriormente, la desigualdad de género en el ámbito del cuidado acarrea una serie de costos económicos. Uno de ellos es la pobreza de tiempo, que limita la formación académica, el trabajo digno remunerado, el descanso o la participación civil. Igualmente, se menciona lo que en economía de género se conoce como la “penalidad por maternidad”, que representa un recorte en la cantidad de trabajo o en las horas remuneradas como consecuencia del alto costo del cuidado infantil o de la insuficiencia de la licencia parental, y no por el deseo de las mujeres de dejar de trabajar. De hecho, en México, cuando a las mujeres que no trabajan se les pregunta si les gustaría o necesitan trabajar, aproximadamente un 35 % afirma que sí (cálculos propios, basados en la ENOE 2024).
Esta situación no aqueja sólo a México. De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la región latinoamericana enfrenta una crisis de los cuidados que afecta principalmente a las mujeres8. El organismo señala que esta problemática se vincula, en parte, a la cantidad de cuidados derivados de procesos relacionados con el envejecimiento de la población en la región, a cambios en los mercados laborales, a movimientos migratorios y a la falta de infraestructura y de servicios de cuidados. Esta disyuntiva nos lleva a pensar, como sociedad, qué hacer, porque el cuidado no es solo un tema que atañe a los hogares, sino también un asunto social que puede abordarse mediante políticas públicas con enfoque de género que abarquen lo económico y la salud pública, ya que, en el caso de las emociones, podríamos estar hablando de agotamiento de las personas cuidadoras.
A nivel mundial, existen propuestas y políticas orientadas al cuidado. Estas incluyen programas que ofrecen servicios públicos de cuidado, protección social e infraestructura básica de cuidado. De acuerdo con ONU Mujeres, “los sistemas integrales de cuidados son políticas que implementan una nueva organización social orientada a cuidar, asistir y apoyar a las personas que lo requieren”9, haciendo énfasis en la perspectiva de género y en la redistribución de las tareas, tomando en cuenta a los agentes involucrados y con perspectiva de derechos humanos, de interseccionalidad y de interculturalidad. Estos sistemas no son fáciles de articular y requieren un compromiso tanto de la sociedad como del Estado.
En el caso de México, solamente Jalisco y, más recientemente, la Ciudad de México aprobaron una Ley de Cuidados10. En esta se reconoce el derecho a cuidar en tres dimensiones: cuidar, ser cuidado y autocuidado, y se toma en cuenta tanto a las personas que reciben cuidados como a quienes cuidan, reconociendo a las mujeres que no reciben remuneración11. Esto constituye un pequeño avance hacia la búsqueda de una sociedad con mayor respeto por los derechos humanos, así como por quien necesita cuidado y quien lo brinda. Sin embargo, aún queda mucho por hacer. La invitación es empezar por nuestro círculo más cercano y velar por las personas cuidadoras que nos rodean. Al final, se trata de cuidar a quien cuida.
Referencias
1 Puig de la Bellacasa, M. (2017). Matters of Care: Speculative Ethics in More than Human Worlds. University of Minnesota Press.
2 INEGI (Instituto Nacional de Estadística y Geografía). (2024). Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo(ENOE). Población de 15 años o más, cuarto trimestre.
3 Instituto Mexicano para la Competitividad. (1 de junio de 2026). Ley de Cuidados de la CDMX. IMCO. https://imco.org.mx/ley-de-cuidados-de-la-cdmx/
4 ONU Mujeres. (23 de octubre de 2025). FAQs: What is unpaid care work and how does it power the economy? UN Women. https://www.unwomen.org/en/articles/faqs/faqs-what-is-unpaid-care-work-and-how-does-it-power-the-economy
5 Zamzow, J. (17 de diciembre de 2025). Unpaid caregiving work can feel small and personal, but that doesn’t take away its ethical value. The Conversation. https://theconversation.com/unpaid-caregiving-work-can-feel-small-and-personal-but-that-doesnt-take-away-its-ethical-value-265025
6 Larson, G. (5 de octubre de 2023). Nancy Folbre: Why we should all care more about the care economy. Yale Economic Growth Center. https://egc.yale.edu/news/231005/nancy-folbre-why-we-should-all-care-more-about-care-economy
7 Johns Hopkins Medicine. (s. f.). Recognizing and Coping with Negative Emotions. Johns Hopkins Bayview Medical Center, Called to Care. https://www.hopkinsmedicine.org/about/community-health/johns-hopkins-bayview/services/called-to-care/recognize-cope-with-negative-emotions
8 Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres, & Organización Internacional del Trabajo. (5 de agosto de 2025). Lineamientos para políticas de cuidado desde una perspectiva de género, territorial e interseccional (LC/CRM.16/4). CEPAL. https://www.cepal.org/es/publicaciones/82271-lineamientos-politicas-cuidado-perspectiva-genero-territorial-interseccional
9 ONU Mujeres. (s. f.). Promoción de políticas y sistemas integrales de cuidados. UN Women – América Latina y el Caribe. https://lac.unwomen.org/en/promocion-de-politicas-y-sistemas-integrales-de-cuidados
10 Pérez, M. (3 de julio de 2026). Promulgan ley de sistema de cuidados en CDMX; prevé permisos laborales. El Economista. https://www.eleconomista.com.mx/politica/promulgan-ley-sistema-cuidados-cdmx-preve-permisos-laborales-20260703-821520.html
11 Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. (2 de julio de 2026). Decreto por el que se expide la Ley del Sistema de Cuidados de la Ciudad de México. Gaceta Oficial de la Ciudad de México, (1421), 3–28. Secretaría de Bienestar e Igualdad Social de la Ciudad de México. https://sebien.cdmx.gob.mx/





