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El ángel caído, de Alexandre Cabanel (1847). Foto: Historia Arte

El enojo: una propuesta para no abandonarnos en el cinismo

“Lo que antes fui ya no recuerda lo que soy”.

Fernando Pessoa

El marinero, traducido por Eduardo Langagne

11/12 de octubre de 1913

Nunca me crecieron colmillos. No he podido comerme el mundo ni desgarrarlo. Si fuera un animal, probablemente, ya habría muerto, pues son, en algunas especies, una herramienta de supervivencia. “Crecer colmillo” también significa, en algunos espacios, tener la suficiente malicia para sobrellevar la vida. Pero, ¿habrá otra manera de ser y habitar en este mundo que no sea siendo “colmilludo”? ¿Qué pasa con las especies desdentadas? ¿Son acaso más débiles que otras? La tortuga caimán, por ejemplo, posee una técnica de caza única en su tipo y una capacidad estratégica para persuadir a su presa. Y todo esto lo hace sin tener un solo diente.

El colmillo implica voracidad, ferocidad y, a menudo, cuando es usado para describir la astucia de alguna persona, coloquialmente se dice: “tiene el colmillo así, mira” y proceden a hacer un ademán del colmillo hasta el suelo en referencia a su tamaño. Por mucho tiempo creí que triunfar en la vida estaba estrechamente ligado con mis colmillos y mi capacidad de destazar. Pero insisto, no tengo colmillos. 

Por lo tanto, le tuve envidia a las grandes y fuertes dentaduras, a los monstruos de mil cabezas y a sus enormes colmillos. Tiempo después decidí habitar en uno para verlo y conocerlo de cerca. Pensé que esto me iba a ayudar a crecer dientes afilados y sabría lo que es morder, pero fue decepcionante: apenas y salieron los primeros vestigios de unos colmillos que no han acabado de desarrollarse.

He llegado a pensar que el mundo está infestado de grandes monstruos y la esperanza es uno de ellos, uno al que ya se le pudrió la carne. ¿Existen otras formas de devorar, morder o desgarrar? ¿Existen otras formas? Porque si no: ¿cómo le hacemos para persuadir a la gente de que podemos cambiar las cosas?, ¿cómo evitamos caer en el cinismo?

“Las estructuras, por más estáticas que parezcan, pueden transformarse”, le escuché decir en alguna ocasión a una chica que parecía estar en sus últimos semestres de la carrera de Ciencias Políticas durante la presentación de un libro. No me dio tiempo de preguntarle: ¿cómo? Y me quedé para mí otro cuestionamiento: ¿se puede recuperar la esperanza? 

Se me viene a la mente “El Chivo”, personaje de Amores Perros, quien quería componer el mundo y hacer una revolución. Sin embargo, recuerdo una frase en las afueras de los cineclubes del Colegio Adolfo Prieto al salir de ver la película: “si así terminan los que cambian al mundo, a nadie le quedan ganas de ser idealista”. 

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Lucina Jiménez y Sabina Berman, a inicios del siglo XXI, publicaron un libro titulado: Democracia cultural. Una conversación a cuatro manos, en el que discutían sobre las responsabilidades del sector cultural en el mundo1. En algunas de sus ideas, Lucina subrayaba la relevancia de hablar sobre la cultura a pesar de lo ocioso que pudiera parecer, ya que identificaba que la sociedad ya transpiraba un clima de cansancio e incertidumbre ante la violencia, la pérdida de valores y el desencanto ante la política.

En este escenario, relacionado también con una deriva precarizadora de las políticas públicas culturales, a raíz del auge de gobiernos neoliberales, empezaron a surgir discursos reaccionarios que apelaban a la creación de regímenes emocionales. Pensando en Antonio Gramsci, no creo que sea muy arriesgado afirmar que estos discursos forman parte de una hegemonía cultural que tiene la intención de alinear los valores a una visión individualista de la sociedad. 

No es en vano, por lo tanto, que exista una tendencia hacia la promoción del bienestar personal a través del Wellness, un estilo de vida que busca de manera integral la salud física, mental y emocional; y no es en vano, tampoco, el surgimiento de las tradwifes, estas mujeres que promueven en redes sociales otro estilo de vida enfocado en el hogar, los cuidados de los hijos y las atenciones a los esposos.

Y espero que no se me malinterprete, mi preocupación no está dirigida hacia la salud en todos sus aspectos, ni en la forma en la que otras mujeres decidan vivir su vida, sino en la construcción de una industria elitista apegada a valores de consumo y a la posible pérdida de derechos adquiridos. 

La historiadora del arte, gestora cultural e investigadora en políticas públicas, Jazmín Beirak, asegura que la cultura ya no tiene relevancia social debido a que esta suele ser utilizada como un mero recurso para dinamizar otros sectores2. Supongo, entonces, que  la tendencia que Lucina y Sabina vislumbraban hace casi 25 años no registró cambios significativos. 

Pero ya parezco borracha hablando de la misma desilusión de amor en la misma cantina. Eventualmente hay que asumir la idea de Isabel Zapata en Alberca vacía: eso que era, ya no es3. Y toca, entonces, apelar a la imaginación y a la esperanza.

Y volvemos al principio: ¿cómo?

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Muchas de las violencias culturales, como la destrucción del patrimonio, de las ciudades, de la naturaleza y de la vida son ocasionadas por el poder, un poder que ha estado relacionado históricamente con los hombres. A pesar de esto, somos las mujeres las que no deberíamos ocupar cargos públicos porque somos muy viejas, muy jóvenes o muy emocionales. A las mujeres se nos juzga en la vida y el trabajo desde el plano emocional, al mismo tiempo que se nos exige siempre –como lo describe María Fernanda Ampuero– mostrar respeto y, por supuesto, nunca superioridad.

A los hombres, cuando explotan y ejercen violencias se les califica como líderes. Irene Vallejo, filóloga y reconocida escritora, asegura que lo que la sociedad desea es el liderazgo arrogante, carismático y con colmillo4. ¿Se acuerdan de los dientes? De acuerdo con las cifras que propone el colectivo Amiga, hablemos de plata, el 88 % de las mujeres en posición de liderazgo recibe retroalimentación sobre su personalidad y cómo hace sentir a los demás, mientras que para los hombres ese tema apenas representa un 12 %. Por lo mismo, el colectivo sentencia: “Tener personalidad es un impuesto invisible que muchas mujeres pagan por ocupar un espacio”5.

En este contexto se intenta –en verdad se intenta– recuperar la esperanza. Y aunque todavía no tengo claro cómo, sé que pisar el Gargantúas y ver el póster en la entrada, el cual dice: “La cultura es un derecho, no un privilegio”, puede ser una forma. También la lectura de Amanda Lalena Escalante, Amandititita, quien apuesta por la escritura como reversión a los dolores propios y colectivos; el trabajo de Glenda Prado Cabrera con el archivo de la resistencia trans en Nuevo León; el Wateke Bar y su lucha contra la gentrificación y el turismo de pobreza; así como llorarle a La Tumba, el Cultubar de Barrio Antiguo, que está próximo a cerrar.

Las grandes revoluciones culturales también se han hecho en una sala, en un bar, en una oficina: a pesar de la frustración y la desesperanza, aún hay algo que sentir, aún hay algo de lo que acordarse.

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“La ira, como la alegría, es una señal de que nos importa el mundo y durante muchísimo tiempo yo no sentí ni lo uno ni lo otro”, asegura María Fernanda Ampuero6. Y pienso que no hay lucha que dolor y despojo no conlleve. Además, según la investigadora y psicoanalista uruguaya Cecilia Seré, se vuelve más complicado cuando la lucha es diaria porque el sistema económico y social en el que vivimos percibe a nuestros cuerpos en términos de propiedad privada, es decir, una estructura jurídica y subjetiva para el trabajo asalariado. Entonces, si el cansancio fue la manifestación de los límites corporales en el capitalismo industrial, la depresión, la ansiedad y el estrés son ahora nuevas expresiones de agotamiento que produce un sistema basado en el fracking corporal.

Insisto con María Fernanda Ampuero: “Hay cosas a las que no se sobrevive, aunque no te maten, donde se muere y se sigue viva a pesar de todo”6. El pasado 26 de agosto de 2026, en la celebración de los 30 años de la carrera de Estudios Humanísticos de la Universidad de Monterrey, escuché a Gloria Carbajal, la primera directora del programa, afirmar que una manera de ejercer nuestra libertad es seguir apreciando a las humanidades como una forma de ser y hacer en el mundo. Esta afirmación, realizada en un tiempo que se distingue por relativizar o de plano borrar el rol de las humanidades en la sociedad, me ayuda a no dar por perdida la esperanza.

Sin embargo, otra forma de libertad en la que pienso es el enojo, mi enojo. El enojo me mantiene viva, la visceralidad no me mata. Al contrario, me ayuda a levantarme todas las mañanas para llegar al trabajo. Pero sobre todo, el enojo me despierta esperanza.

Creo que empiezo a responderme a aquella pregunta que me hice después de escuchar a la joven universitaria hablando sobre la transformación de estructuras: “¿se puede recuperar la esperanza?”. Sí, quizá sí. Reconociendo el enojo y abrazando el disfrute. Asumiéndolos como derechos. Y aunque estos no nos garanticen los cambios en las estructuras, sí sirven para no perdernos en la indiferencia y en el cinismo.

“La desesperanza no es una opción”, declaró Angela Davis en su visita a la UNAM de este año. Y supongo que no, siempre y cuando el mundo no nos arrebate nuestra capacidad de enojarnos.


Referencias

1 Berman, S., & Jiménez, L. (2006). Democracia cultural. Una conversación a cuatro manos. Fondo de Cultura Económica.

2 Fanjul, S. C. (2023, 17 de abril). Jazmín Beirak, ensayista: “Debemos defender la cultura como algo más que un espectáculo”. El País.

3 Zapata, I. (2022). Alberca vacía. Lumen.

4 Vallejo, I. (2023, 29 de diciembre). Me erotiza la gente buena. El País.

5 Visco, L. (2025). Amiga, hablemos de plata: Manual esencial para la independencia financiera de las mujeres en un mundo desigual. Autopublicado.

6 Ampuero, M. F. (2024). Visceral. Páginas de Espuma.

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