Cien guerras comenzaron entre primavera e invierno,
y de mis heridas surgieron las perlas de mi alma.
Las mismas que usé como armaduras y que ahora
sostengo en mis manos para entender por qué lloro,
por qué acaricio, por qué sonrío cada vez que te veo.
Todas escudaron mis huesos; mis más de cien anhelos,
pero una quedó atrapada en el interior
de un cofre plantado:
un cofre de diamante, enterrado
debajo de mi corteza.
Esa perla, la roja, la que frunce ceños, y que suena
a estruendo cuando la quiebras,
es mi furia:
golpe del mazo sobre la madera,
mi sangre convertida en un paño de lágrimas,
el único lado deprimido de mi lecho,
la mano que rodea mi vela encendida.
Por fuera, su tez rojiza perfora la mirada lo suficiente para
apartar la vista. Cuando surge, recorre la piel, gobernando
cada poro en nombre de lo perdido, enfrentando juicios
ajenos que, por más que duelen, la devuelven a la fuerza
al epicentro del alma. Pero el cuerpo no es de hierro; cuando
su palabra se reprime, excava su propio sendero al resplandor,
rompiendo y deshaciendo a su paso, en unidades de dolor.
Esta perla es también amor,
un abrazo,
un instinto.
Y es también aquella cuyas raíces buscan al sol
para declarar que todavía hay que perder y que ganar.
Esta perla mía, hoy la dejo en libertad.





